Tercera planta, por favor
Jacinto Pocacosa, 43 años de edad, eterno "opositor" que preparaba oposiciones desde que terminó la carrera de derecho, vivía con su madre viuda; tenía dos hermanos, más jóvenes que él, ambos situados en la vida e independizados del hogar materno. Jacinto se sentía culpable por inútil, por fracasado y por ser un estorbo.
Aquel día Jacinto decidió, como casi todos los días, pasear por el Centro Comercial.
En la planta baja hojeó varias revistas expuestas y en el departamento de informática jugueteó con el teclado de un ordenador allí colocado para tal efecto. Luego, decidió subir para echar un vistazo al departamento de deportes.
Entró en el ascensor. Un hombre mayor con cara de garbanzo y de mirada perdida hacía de ascensorista preguntó con una voz cascada: ¿Planta?. Jacinto contestó, dándose importancia ante el hombrecillo y engolando la voz: Tercera planta, por favor.
El ascensor paró en la planta solicitada y Jacinto salió a un pasillo en recodo. Se extrañó cuando vio un rótulo que colgaba del techo indicando "Salida" en vez de Deportes. Pero como él conocía de sobra el Centro no se extrañó, debía ser una equivocación de los rotulistas. Siguió la indicación y se vio, de pronto, en la calle. Se extrañó. Aquella calle era desconocida para Jacinto, estaba limpia y muy cuidada y los transeúntes caminaban ordenadamente, hablando en voz baja. Los vehículos que transitaban por la calzada no hacían ruido, usarían motores eléctricos, pensó el opositor. Jacinto volvió la cabeza para ver la salida del Centro Comercial pero en su lugar había un edificio de estilo neoclásico con un enorme cartel sobre su entrada que rezaba: Ministerio de Cosas. Junto a dicha entrada había un cartelón que indicaba: Se necesitan funcionarios para trabajar en la administración pública. No se requiere experiencia laboral ni hacer ningún tipo de examen. Incorporación inmediata.
Jacinto Pocacosa se pellizcó el brazo hasta sentir dolor. No estaba soñando. Aquello era real. Subió la escalinata del Ministerio y un amable empleado le atendió sonriente. Minutos después entró en el despacho del jefe de recursos humanos. Tras estrecharle la mano y ser invitado a que se sentara, dicho jefe le dijo que era bienvenido y que con esa mera entrevista era suficiente para formar parte del equipo de funcionarios del Ministerio. Que estaba ya contratado si a él le parecía buenas las condiciones: dos meses de vacaciones al año, un salario mensual de cinco mil euros, tres pagas extraordinaria al año, vivienda y coche a cargo de la empresa y un horario de 9 am a 2 pm cuatro días a la semana.
Jacinto se olvidó de su vida miserable pasada y de toda su familia y amistades. Cuando despertó en su flamante apartamento se dirigió al trabajo. Allí le indicaron que su misión sería vigilar el ficus que adornaba el hall de entrada.
Tenía que hacer un gráfico con el crecimiento del arbusto y un registro detallado semanal con las anomalías detectadas. Esa sería su tarea. Un trabajo relajado para un hombre que nunca había hecho nada en su vida. Un trabajo descansado y ganando dinero sin esfuerzo, un auténtico trabajo para un funcionario.