El Libro de Horas de Paco López
Adela Casona abandonó su pueblo, como todas las temporadas, junto con su marido y su hijo Paquito de 5 años de edad. Iban a trabajar de jornaleros a la vendimia francesa. El tren especial iba llenos de andaluces que huían del hambre a buscar un dinero necesario para soportar otro año más con trabajos temporales en las fincas de los terratenientes. Corría 1950. Una década de subdesarrollo y de miseria para la mayoría de los andaluces.
Adela cuando se enojaba solía decir entre dientes: Amamos la tierra, pero no a los propietarios de ésta.
Pero aquel año fue su año de suerte. Nada más acabar la vendimia al marido de Adela le ofrecieron un puesto fijo de trabajo en una bodega. Ella ya buscaría trabajo, pero no de sirvienta. Era pobre pero su orgullo le hacía rechazar todo trabajo demasiado servil. Se colocó de limpiadora en un museo. Su hijo iría a una guardería municipal gratis.
Adela llevaba dos años trabajando en el museo cuando le encargaron, junto con otras dos empleadas, que limpiaran a fondo el almacén, que se encontraba en los sótanos del edificio.
Unas barras de neón mal iluminaban el lugar. Detrás de una estantería y contra la pared Adela vio un pequeño libro que llevaría allí extraviado varios años. Estaba cubierto de polvo y de telarañas aunque no le había afectado el moho. Era un librito muy pequeño. Miró a los lados y bajo una mortecina luz lo abrió y vio uno preciosos dibujos sobre unas hojas muy tiesas, estaba escrito en una lengua muy rara, no era francés porque ella entendía algo. Se levantó la parte delantera de la bata y la falda y lo escondió bajo la faja. Sería un regalo para su hijo Paquito, para el día de su cumpleaños, así se ahorraría unos francos.
Ramón arrancó la motocicleta para hacer un circuito por carriles y veredas del monte bajo de la sierra. Era su día libre en el trabajo y así se recargaba las pilas, como él decía. Tenía previsto visitar un rodal, casi escondido, de secuoyas gigantes. Estaba algo lejos de casa, pero sería interesante el viaje. Subió una pina cuesta sobre un terreno roto por las lluvias pasadas, debía usar velocidades cortas de la máquina cosa que produjo que el agua del radiador hirviera a borbotones. También fue por su culpa, por olvidar revisar el nivel del líquido anticongelante antes de salir.
El camino transcurría por encima de una loma, debajo transcurría el río. Estaba lejos y además no tenía ningún recipiente para recoger el agua. En una curva vio una casa forestal. Paró bajo una inmensa higuera, puso la moto a la sombra, se quitó el casco, los guantes y las coderas y llamó a la puerta de la casa. Nadie contestó. Repitió la llamada y una voz proveniente desde detrás de la casa ordenó que se acercara.
Un guarda forestal, de unos cuarenta y picos años de edad estaba almorzando.
-Sentí el ruido de la moto antes de subir usted por el repecho - dijo el guarda
-Es que voy a ver las secuoyas que hay en la cabecera del río.
-Siéntese aquí- señalando una silla sin respaldo- y tome un vaso de vino-costa que le hará entrar en calor.
Hablaron y hablaron hasta que el motorista dijo al guarda que trabajaba como encargado en una librería.
-Entonces usted entiende de libros
-Más o menos. Vivo de ese oficio.
-Le voy enseñar algo y me dice usted cuanto puede costar
El guarda entró en la casa y salió, minutos después, con una caja ajada de cartón. Se la entregó a Ramón y le dijo que la abriera. Envuelto en un trapo blanco había un precioso librito de Horas, de unos 12x6 cm, profusa y preciosamente iluminado sobre vitela, escrito en latín y con tapas de terciopelo azul con unas iniciales doradas. Ramón manoseó el libro, lo hojeó con deleite al mismo tiempo que inventaba un valor, a la baja, para a esa joya.
-Yo le puedo dar unas 30.000 pesetas por este libro - casi balbuceó Ramón por la emoción.
-Si usted es capaz de darme ese dineral es porque vale más. Mire- dijo el guarda socarronamente- si usted me hubiera ofrecido por el libro dos o tres mil pesetas el trato estaba hecho.
Un calor subió desde la barriga hacia el pecho del motorista. Había metido la pata hasta lo indecible.
-Ya no se lo vendo -dijo el guarda muy serio- cuando vaya a Madrid a ver a mi hermana se lo venderá a un anticuario por cien mil pesetas, o eso o nada.
Ramón cariacontecido rellenó el radiador de agua de un botijo que le dio el guarda, se despidió del hombre y arrancando prosiguió su ruta.
¡Un Libro de Horas del siglo XV por 100.000 pesetas! ¡Vaya ganga! Pensó mientras aceleraba.
lunes, 24 de octubre de 2016
domingo, 23 de octubre de 2016
El marido manso
El marido manso
Paca Yebra era muy joven cuando entró a trabajar como dependienta en Zapatería Loli. No era una chica guapa ni fea, era del montón, pero su juventud y lozanía suplía cualquier defecto. Sus 16 años de edad levantó una pasión incontenible en don Antonio, el esposo de doña Dolores, la ama del negocio.
Antonio fue un dependiente del comercio cuyo propietario, padre de doña Lola, escogió para perpetuar la tienda casándole con su única hija, que era semiboba y también un poco afásica.
Lola, Loli o doña Lola era un ser avaricioso; su único objetivo en la vida era vender zapatos y aumentar sus ingresos en la caja de ahorros. Era tan gorda que apenas podía arrastrar sus 120 kg. de existencia y además olía mal, por las mañanas a sebo rancio de cordero y por las tardes a pescado en descomposición dentro de un radio de tres metros.
Su marido, el exempleado servil y fiel, ahora copropietario del negocio se creía un señor con derecho a pernada, holgando con la chica cada vez que le venía en ganas.
Antonio era un ser repulsivo que a sus 50 años aparentaba a un viejo casposo de más edad; era delgado y desgarbado, los cabellos lacios y pelirrojos y sus ojos, descoloridos, semejaban dos ostras putrefactas. Por otra parte, Paca sabía que si no se dejaba folgar por este adefesio perdería el trabajo que con su menguado salario sostenía, más que ayudaba, a su pobre y mísera familia que vivía en la zona de las chozas, la parte más deprimida del pueblo.
El sátiro de don Antonio, cuando estaba aburrido o le apetecía, ordenaba a Paca para que subiera con él al almacén, que estaba en la tercera planta, para "arreglar" las cajas de zapatos. Ellos sabían que la oronda doña Lola nunca subiría allí debido a su enorme porte y a su vagancia congénita.
Don Antonio, una vez en un estado mental de reposo sexual, pensó que tenía que controlar su pasión enfermiza por Paca. Reconocía que todo su prestigio como un honesto y respetado ciudadano, secretario local del movimiento, hermano mayor de la cofradía de San Felipe y teniente de alcalde se podía venir abajo si dejara, por un descuido, preñada a la niña, como él la llamaba en la intimidad. Por lo tanto sugirió a Paca que se casara con el primer patán que se pusiera a tiro.
Paca tenía un vecino recién licenciado del servicio militar obligatorio y que la miraba con ojos de chivo en celos cada vez que ella pasaba frente a su casa. Los encantos de una chica joven bien expuestos más la inexperiencia del mozo en materia de mujeres fueron los ingredientes necesarios para que el pobre desgraciado cayera en las redes de la chica. Cuando el vecino probó el placer sexual que ella le regaló imaginó que aquello era único, que solo ella sería capaz de ofrecer. Así que a los dos meses se casó con Paca para asegurar ese deleite.
Al mes de estar Paca casada con el destripaterrones quedó embarazada para dar luz, meses después, a una niña flacucha, renegrida y de rostro simiesco: un brote biológico de dos seres nacidos y crecidos en pleno subdesarrollo de la posguerra.
Don Antonio durante los siete primeros meses del embarazo de Paca disfrutó haciendo el amor con una libertad impensable; ya no tenía miedo de dejarle embarazada. Aquello era gloria bendita. El paroxismo del que él disfrutaba no pudo contenerse hasta que don Antonio dejó preñada a Paca antes de terminar la cuarentena.
Paca Yebre, esta vez, parió una niña regordeta, de piel lechosa, cabellos color panocha y ojos claros. Un año después la naturaleza demostró que la niña era un sosia de don Antonio.
El marido de Paca, aparte de ser un manso que soportaba bien las astas impuestas por el jefe de su mujer, era un tonto del haba que nunca notó las diferencias morfológicas entres sus dos hijas, una, la mayor, la suya, a los siete años de edad era delgada, tenía cara de quinqui, era de piel renegrina y poseía una notable mirada de mala uva mientras que la pequeña, de seis años era bajita, regordeta, con cabellos melguizos, ojos claros y mirada de panadera.
A principio de los años 60 la gente del pueblo pudo salir de aquel lugar huyendo del hambre y de las humillaciones que la gente baja, los pobres, como se decía antes, sufrían a diario marchando a Alemania o a Barcelona a buscarse la vida.
Paca Yebra con algo más de 30 años de edad, con un marido estúpido, dos hijas innecesarias y un amante cercano a los setenta años de edad, indujo a su marido a cambiar de aires. Así hicieron. El menso y el manso del marido de Paca nunca supo ¿o no quiso saber? los motivos de la huída a Munich de toda la familia, ni menos aún que durante años mantuvo a una hija que no fue engendrada por él aunque todo el pueblo conociera la historia que hubo entre el rijoso don Antonio y su empleada Paca.
Paca Yebra era muy joven cuando entró a trabajar como dependienta en Zapatería Loli. No era una chica guapa ni fea, era del montón, pero su juventud y lozanía suplía cualquier defecto. Sus 16 años de edad levantó una pasión incontenible en don Antonio, el esposo de doña Dolores, la ama del negocio.
Antonio fue un dependiente del comercio cuyo propietario, padre de doña Lola, escogió para perpetuar la tienda casándole con su única hija, que era semiboba y también un poco afásica.
Lola, Loli o doña Lola era un ser avaricioso; su único objetivo en la vida era vender zapatos y aumentar sus ingresos en la caja de ahorros. Era tan gorda que apenas podía arrastrar sus 120 kg. de existencia y además olía mal, por las mañanas a sebo rancio de cordero y por las tardes a pescado en descomposición dentro de un radio de tres metros.
Su marido, el exempleado servil y fiel, ahora copropietario del negocio se creía un señor con derecho a pernada, holgando con la chica cada vez que le venía en ganas.
Antonio era un ser repulsivo que a sus 50 años aparentaba a un viejo casposo de más edad; era delgado y desgarbado, los cabellos lacios y pelirrojos y sus ojos, descoloridos, semejaban dos ostras putrefactas. Por otra parte, Paca sabía que si no se dejaba folgar por este adefesio perdería el trabajo que con su menguado salario sostenía, más que ayudaba, a su pobre y mísera familia que vivía en la zona de las chozas, la parte más deprimida del pueblo.
El sátiro de don Antonio, cuando estaba aburrido o le apetecía, ordenaba a Paca para que subiera con él al almacén, que estaba en la tercera planta, para "arreglar" las cajas de zapatos. Ellos sabían que la oronda doña Lola nunca subiría allí debido a su enorme porte y a su vagancia congénita.
Don Antonio, una vez en un estado mental de reposo sexual, pensó que tenía que controlar su pasión enfermiza por Paca. Reconocía que todo su prestigio como un honesto y respetado ciudadano, secretario local del movimiento, hermano mayor de la cofradía de San Felipe y teniente de alcalde se podía venir abajo si dejara, por un descuido, preñada a la niña, como él la llamaba en la intimidad. Por lo tanto sugirió a Paca que se casara con el primer patán que se pusiera a tiro.
Paca tenía un vecino recién licenciado del servicio militar obligatorio y que la miraba con ojos de chivo en celos cada vez que ella pasaba frente a su casa. Los encantos de una chica joven bien expuestos más la inexperiencia del mozo en materia de mujeres fueron los ingredientes necesarios para que el pobre desgraciado cayera en las redes de la chica. Cuando el vecino probó el placer sexual que ella le regaló imaginó que aquello era único, que solo ella sería capaz de ofrecer. Así que a los dos meses se casó con Paca para asegurar ese deleite.
Al mes de estar Paca casada con el destripaterrones quedó embarazada para dar luz, meses después, a una niña flacucha, renegrida y de rostro simiesco: un brote biológico de dos seres nacidos y crecidos en pleno subdesarrollo de la posguerra.
Don Antonio durante los siete primeros meses del embarazo de Paca disfrutó haciendo el amor con una libertad impensable; ya no tenía miedo de dejarle embarazada. Aquello era gloria bendita. El paroxismo del que él disfrutaba no pudo contenerse hasta que don Antonio dejó preñada a Paca antes de terminar la cuarentena.
Paca Yebre, esta vez, parió una niña regordeta, de piel lechosa, cabellos color panocha y ojos claros. Un año después la naturaleza demostró que la niña era un sosia de don Antonio.
El marido de Paca, aparte de ser un manso que soportaba bien las astas impuestas por el jefe de su mujer, era un tonto del haba que nunca notó las diferencias morfológicas entres sus dos hijas, una, la mayor, la suya, a los siete años de edad era delgada, tenía cara de quinqui, era de piel renegrina y poseía una notable mirada de mala uva mientras que la pequeña, de seis años era bajita, regordeta, con cabellos melguizos, ojos claros y mirada de panadera.
A principio de los años 60 la gente del pueblo pudo salir de aquel lugar huyendo del hambre y de las humillaciones que la gente baja, los pobres, como se decía antes, sufrían a diario marchando a Alemania o a Barcelona a buscarse la vida.
Paca Yebra con algo más de 30 años de edad, con un marido estúpido, dos hijas innecesarias y un amante cercano a los setenta años de edad, indujo a su marido a cambiar de aires. Así hicieron. El menso y el manso del marido de Paca nunca supo ¿o no quiso saber? los motivos de la huída a Munich de toda la familia, ni menos aún que durante años mantuvo a una hija que no fue engendrada por él aunque todo el pueblo conociera la historia que hubo entre el rijoso don Antonio y su empleada Paca.
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