martes, 27 de diciembre de 2016

Tercera planta, por favor

Tercera planta, por favor 

Jacinto Pocacosa, 43 años de edad, eterno "opositor" que preparaba oposiciones desde que terminó la carrera de derecho, vivía con su madre viuda; tenía dos hermanos, más jóvenes que él, ambos situados en la vida e independizados del hogar materno. Jacinto se sentía culpable por inútil, por fracasado y por ser un estorbo.
 Aquel día Jacinto decidió, como casi todos los días, pasear por el Centro Comercial.
En la planta baja hojeó varias revistas expuestas y en el departamento de informática jugueteó con el teclado de un ordenador allí colocado para tal efecto. Luego, decidió subir para echar un vistazo al departamento de deportes.
Entró en el ascensor. Un hombre mayor con cara de garbanzo y de mirada perdida hacía de ascensorista preguntó con una voz cascada: ¿Planta?. Jacinto contestó, dándose importancia ante el hombrecillo y engolando la voz: Tercera planta, por favor.
El ascensor paró en la planta solicitada y Jacinto salió a un pasillo en recodo. Se extrañó cuando vio un rótulo que colgaba del techo indicando "Salida" en vez de Deportes. Pero como él conocía de sobra el Centro no se extrañó, debía ser una equivocación de los rotulistas. Siguió la indicación y se vio, de pronto, en la calle. Se extrañó. Aquella calle era desconocida para Jacinto, estaba limpia y  muy cuidada y los transeúntes caminaban ordenadamente, hablando en voz baja. Los vehículos que transitaban por la calzada no hacían ruido, usarían motores eléctricos, pensó el opositor. Jacinto volvió la cabeza para ver la salida del Centro Comercial pero en su lugar había un edificio de estilo neoclásico con un enorme cartel sobre su entrada que rezaba: Ministerio de Cosas. Junto a dicha entrada había un cartelón que indicaba: Se necesitan funcionarios para trabajar en la administración pública. No se requiere experiencia laboral ni hacer ningún tipo de examen. Incorporación inmediata.
Jacinto Pocacosa se pellizcó el brazo hasta sentir dolor. No estaba soñando. Aquello era real. Subió la escalinata del Ministerio y un amable empleado le atendió sonriente. Minutos después entró en el despacho del jefe de recursos humanos. Tras estrecharle la mano y ser invitado a que se sentara, dicho jefe le dijo que era bienvenido y que con esa mera entrevista era suficiente para formar parte del equipo de funcionarios del Ministerio. Que estaba ya contratado si a él le parecía buenas las condiciones: dos meses de vacaciones al año, un salario mensual de cinco mil euros, tres pagas extraordinaria al año, vivienda y coche a cargo de la empresa y un horario de 9 am a 2 pm cuatro días a la semana.
Jacinto se olvidó de su vida miserable pasada y de toda su familia y amistades.  Cuando despertó en su flamante apartamento se dirigió al trabajo.  Allí le indicaron que su misión sería  vigilar el ficus que adornaba el hall de entrada.
Tenía que hacer un gráfico con el crecimiento del arbusto y un registro detallado semanal con las anomalías detectadas. Esa sería su tarea. Un trabajo relajado para un hombre que nunca había hecho nada en su vida. Un trabajo descansado y ganando dinero sin esfuerzo, un auténtico trabajo para un funcionario.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El Jaco

El Jaco

El furgón de la cárcel del Condado paró frente al portón de la enorme y destartalada mansión conocido como Mama Mary. Cuatro carceleros-guardianes armados con escopetas bajaron de la parte trasera del vehículo. Tras ellos un hombrón enorme con cara de subnormal y atados de pies y manos con cadenas y grilletes y escoltado por otros tres cancerberos armados de porras eléctrica miraban a los lados con curiosidad que parecía haber reconocido el lugar.

José Viñas, alias el Jaco, era un norteamericano de origen hispano con una estatura de casi 1'90 , un peso de unos 160 kilos y una fuerza descomunal e incontrolable debido a su mente retrasada; pensaba y actuaba como un niño de 12 años dentro de un fornido cuerpo de 34 años de edad. 

El portón se abrió y apareció una frágil dama de unos 75 años de edad seguido de un jovenzuelo con cara de rufián. El Jaco borró con esfuerzo su hosquedad y dibujó en sus labios una tímida sonrisa. Mama Mary, que así se llamaba la señora, se acercó a él y este se agachó para ser besado en la frente. Segundo después Mama Mary ordenó a los carceleros que le entregaran las llaves de las esposas y grilletes y cogiendo por el faldón de la camisa al Jaco  lo haló al interior de los jardines de la residencia. Nada más traspasar la puerta, Mama Mary quitó las ataduras al hombrón y este de alegría la tomó en sus brazos, la levantó del suelo para besarla en ambas mejillas y decirle con admiración: Mi Mama Mary. Después dejó a la señora con suavidad sobre el suelo y giró la cabeza hacia donde estaban los siete sabuesos. Estos al ver al Jaco sin cadenas retrocedieron de pánico un paso, entonces Mama Mary tomó de la mano al gigante y subieron por la vereda hacia la mansión.

Mama Mary, Mary Elisabeth Woolterz era la viuda de uno de los hombres más ricos de Arizona. Al quedarse viuda y sin hijos se dedicó a ayudar a todos los niños extraviados del condado. En la época de la gran depresión alojó en su mansión a diez familia de las más pobres del cercano pueblo. "El pan hay que ganarlo" era el  lema de Mama Mary. Montó una carpintería para fabricar  muebles donde todos los residentes de la casona tenían que trabajar su jornada laboral, a veces incluso la propia señora iba a lijar en basto sillas y mesas de madera de pino.

En la mansión no existían cerraduras, incluso el gran y anticuado bolso de charol negro de Mama Mary, que contenía todo el dinero  de la casa, colgaba de un percha en el recibidor. Jamás tocaron el dinero allí guardado en los casi cuarenta años de existencia de la residencia. 

La cárcel del condado era pequeña y tenía poco personal cualificado, casi todos los guardas eran personas mayores y temerosas del gigante Jaco. Pidieron el traslado de este delincuente, que cumplía condena por apalear en plena calle a tres policías, a una prisión federal pero la calamitosa situación económica y la saturación de las cárceles americanas en aquellos difíciles tiempos hacían imposible dicho cambio carcelario. El director de la cárcel pudo tener un permiso especial para trasladar al peligroso preso a la residencia de Mama Mary, lugar donde este se crió desde que tenía cinco años hasta que le dio manía de ver mundos, como él decía.  

José Viñas, alias el Jaco, tras ducharse y vestirse con ropa limpia bajó al comedor comunal donde desayunaban una docena de pillastres y Mama Mary. Antes de sentarse el gigante se acercó a la dama, le sonrió deseándole los buenos días y le dio un beso en la frente. No te ha secado bien la cabeza, hijo mío -le dijo la señora dulcemente. Es que tenía prisa para bajar a tiempo. Estás en tu casa y aquí puedes hacer lo que quieras.
El Jaco, con dificultad, procesó la información recibida tan de mañana y comprendió, en sus pocas luces, que Mama Mary era la única persona que merecía vivir en esta vida.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La Iglesia y el pan para los pobres de posguerra

La Iglesia católica y el pan para los pobres de la posguerra

Que el mundo está repletos de desagradecidos es un hecho evidente. ¿A cuantos niños pobres del medio rural de nuestra Andalucía sacó la Iglesia de la miseria ofreciéndole la oportunidad de estudiar el bachiller gratis en sus seminarios menores en las décadas de los años 40, 50 y 60? 

Eran años atroces para España, el hambre campeaba por doquier, el 70% de la población española estaba considerada como subdesarrollada, pasaban hambre de comer y hambre del intelecto. Los conventos estaban a rebosar de monjes y monjas buscando más una comida caliente diaria que algún arrebato místico. Los seminarios menores abundaban de niños que querían ser curas, pero que la mayoría de ellos lo que deseaban en realidad era obtener el título de bachillerato elemental necesario para estudiar después magisterio o practicante (ATS). 
En el seminario menor de Sanlúcar de Barrameda, había 300 internos entre 11 y 17 años de edad. En el seminario menor de Jaén, en el año 1964, había registrado 509 alumnos. Una parte de ellos eran de pago y otra parte eran "becados" como se dice ahora.

Un alto porcentaje de estos alumnos que no pasaban a un seminario mayor para continuar los estudios de sacerdocio se salían al terminar la reválida y se colocaban de oficinistas o dependientes para poder pagarse después una  carrerita corta, de dos años, necesaria para poder trabajar.

Era una práctica habitual que los párrocos del medio rural, con el indispensable apoyo del maestro de escuela, escoger a un niño pobre pero espabilado y aplicado,  para recomendar  a sus padres que lo enviaran a un seminario menor, generalmente en la capital, para estudiar gratis el bachillerato y si "servía" continuar la carrera sacerdotal. Una lotería para esa familia sumida en la miseria, una boca menos que alimentar y un posible hijo con carrera.

Conocí a varios de estos estudiantes sin recursos que aprovecharon  bien la oportunidad que la Iglesia les ofreció. Algunos, hoy día, son buenos sacerdotes y otros salieron del seminario  maldiciendo las humillaciones que les hacían padecer algunos profesores cuando cometían travesuras: "Que te devuelvo a tu pueblo para cuidar cabras"- les amenazaban y ellos callaban llenos de rabia. Estos que se salieron, quizá no todos pero sí la mayoría, se convirtieron en unos furibundos agnóstico y ateos, quizá como un desquite  a sus pasadas miserias como curitas ( era el nombre coloquial de estos pequeños estudiantes vestidos de sotanitas negras y una estola roja)

Recordemos que en aquella triste etapa de la larga posguerra los niños, por necesidad, eran muy maduros y se daban cuenta que si se quedaban junto a sus padres tendrían una vida asegurada de miserias y penalidades mientras que si estudiaban podía llegar a ser, el día de mañana,  un practicante, un maestro de escuela o un oficinista en un banco.

Eran otros tiempos, ahora la Iglesia católica no tiene seminaristas y hasta que no se recicle y admita a sacerdotes casados irá en descenso en número de vocaciones. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Mi vida sin recuerdos

Mi vida sin recuerdos 

Me llamo Fernando, tengo 82 años de edad y soy un farmacéutico jubilado residente en el Centro Geriátrico Santa Ana. Acabo de sentarme frente a la máquina de escribir ruidosa compañera de mi senectud desde el momento que me dediqué, por el mero placer de escribir, a ejercer como corresponsal  de mi pueblo.
Creo que estoy capacitado para participar en un concurso literario de relatos breves que organiza esta año el Centro geriátrico entre sus residentes. El tema único será aquellos recuerdos más significativos de nuestras vidas, desde que éramos unos jovenzuelos hasta la actualidad, ahora retirados por nuestras familias en este elegante pero al fin y al cabo asilo de ancianos.

Ajusto los márgenes, enciendo un cigarrillo (no debe usted fumar a su edad, me aconseja el médico, al carajo todo, contesto yo mentalmente) y miro a través de los cristales de la ventana como intentando buscar con la vista, entre los arbustos del jardín, a un imaginario apuntador que ayude a encontrar en mi cerebro qué tipos de recuerdos importantes tuve durante mi inútil existencia. 

Desde hace un tiempo siento dolor de cabeza cuando pienso, ahora más cuando intento recordar y buscar en mi memoria algún motivo agradable digno de ser narrado. Lo curioso es que cada vez que rebusco en mi pasado sale otras imágenes sobre impresas a las mías, siendo mi ex-empleado el protagonista, aquel mancebo que trabajó en mi farmacia (entonces era mi padre el titular) desde que era un adolescente.

Recuerdo que cuando yo estudiaba el bachillerato, Paquito, el joven mancebo y chico de los recados, mostraba una vitalidad diferente a la mía. Lo primero que hacía Paquito, a sus treces años de edad, cuando salía de la farmacia para llevar algún pedido a los clientes, era escupir en el suelo, palparse los bajos del pantalón y encender un cigarrillo. Señales evidente de su hombría.
Con las propinas de los recados Paco compraba pasteles que compartía conmigo cuando le acompañaba en sus correrías por la ciudad. Me molestaba que el empleado convidara al hijo del dueño del negocio, pero era que él siempre llevaba más calderilla en los bolsillos que yo.

Cuando por fin me licencié me hice cargo de la oficina de farmacia ya que mi padre estaba deseando soltar el negocio para dedicarse a su afición favorita, hacer  fotografía de todos los pueblos de la provincia. 
Reconozco ahora, interno en este antro de ancianos, que siempre fui un cobarde, un inane que hacia lo que me ordenaban. Aparte de ser un hombre extremadamente aburrido. Sin embargo Paco, el espabilado mancebo, era guapo y vivía una vida mucho más intensa que la mía. Se casó muy joven con una antigua novia de juventud, pero la dejó porque, según él, se aburría en la cama con ella. Tras la separación, y a los pocos meses, se juntó (entonces se decía amancebó) con una hembra de rompe y rasga. Tenía un cuerpo tan voluptuoso como el de Mae West y Sofía Loren, que eran las artistas de cine que más nos provocaban. Hay que reconocer que Paco era mejor que yo en todo: era alto, muy guapo a sus treinta años de edad y además vestía con esa elegancia barriobajera que tanto gusta a ciertas mujeres. Era extremadamente simpático y muy locuaz.  Yo,  por el contrario era bajito, panzón, disléxico y más tonto que Abundio; todo me daba miedo, todo era malo, todo estaba prohibido para mí.

 Mi mujer, me casé por imperativo familiar con mi prima segunda,  tenía cara de muñeca antigua de porcelana, era de  culo plano y tetitas desvaídas. Un asquito de mujer, pero a pesar de todo fue capaz de darme dos hijos, dos engendros de niños. 
Decía Margarita que Paco la miraba con ojos lascivo. Yo entonces la miraba y sonreía pensando que más quisiera ella que se fijara en su figura desgarbada.

¿Pero como pude ser tan estúpido para no ser capaz de encontrar mi felicidad? Mi único objetivo como boticario era ganar dinero para reformar la farmacia cada cierto tiempo. 
Pero el gran problema de hallé esta residencia de viejos era  encontrar de vez en cuando, en el patio o en los jardincillos, a Paco que también está aquí ingresado, pero el el ala de los pobres. De todas formas cuando nos veíamos de vez en cuando, Paco todavía tieso a sus 84 años, me palmeaba la espalda y me decía: "Boticario, que nunca supiste atrapar el lado bueno de la vida".
Llevaba  razón Paco. Toda mi visa ha sido un fiasco, todos me tomaron el pelo, todos mandaban en mí, desde mi padre hasta mis profesores pasando por aquellos otros que se aprovecharon de mi condición de mendrugo.
 Tengo que aprovechar lo que me queda de vida, a la porra las prohibiciones de fumar y beber, fumo y bebo a escondida, lo que  me sale del alma. Se acabaron las represiones. Reconozco que ya es tarde y  que es imposible recuperar el tiempo perdido para poder desquitarme de aquella horrible y obscena vida que llevé. 

No se lo que me pasa, soy incapaz de teclear unas palabras seguidas sobre el folio preparado en la máquina. No me fluyen las ideas; ignoro qué poner en este trozo de papel ¿tan vacía tengo la mente? No, es lo que más recuerdo de mi niñez. Niño no hagas esto que es pecado; la felicidad no está en este mundo sino en el cielo; no desees a mujeres porque irás al infierno. No comas en exceso, no bebas, no forniques, no te toques, no, no. Esas malditas negaciones marcaron para siempre mi existencia. Sin embargo Paco vivía a tope. Desde los 16 años de edad era asiduo a las casas de putas, bebía como un cosaco y siempre tenía en el bolsillo dinero para sus caprichos.

Lo que más envidiaba de Paco era a su hembra, como a él gustaba llamarla. ¿Ha llegado mi hembra? me preguntaba. Todavía la veo, alta, bella a rabiar con curvas muy pronunciadas, descarada al máximo. Me miraba con insidia como diciendo: me verás pero no me catarás. Me volvía loco la muy zorra. Qué decir cuando vestía aquella falda ajustada, color verde esmeralda, que le marcaba todo el cuerpo y las líneas de las costuras de su mínima ropa interior. Aquello era demasiado. Mientras que la hembra, en realidad nunca supe su nombre, esperaba que su hombre, Paco, se quitara la bata y se repeinara antes de salir del trabajo yo la contemplaba con cierto disimulo y ella, al darse cuenta, se deleitaba. 

En mi vejez rememoro lo vivido con nostalgia y con rabia. Intento escribir de una vez por todas y curiosamente me viene a las mientes aquellas nefastas relaciones sexuales con mi esposa. Todas fueron experiencias  calamitosas. Era frígida y hacía el amor como si se lavara los dientes, por pura rutina, Sin exhalar un suspiro de placer, ni un ay ni un oh. Sin apenas alterar su respiración. 
¡Qué noches de terror con ella en la cama!  Para colmo mi esposa padecía de histeria mística. Acostumbraba antes del coito echar unas gotas de agua bendita en la cama, para engendrar santitos. Pero que torpeza haciendo el amor. La verdad era que ninguno de los dos teníamos experiencia coital ni menos aún fantasías eróticas. Eramos un par de cretinos practicando un  determinado ejercicio  gimnástico.
 Margarita debajo de mí con cara de sufrimiento, con los ojos fijos en la lámpara que colgaba del techo del dormitorio y alentándome para que acabara pronto, que  tenía que madrugar para ir al ropero de la parroquia y repartir ropa usada entre los pobres de los barrios suburbiales.

Son las tres y media de la madrugada. Me encuentro en mi dormitorio individual intentando escribir algo. Me he bebido casi media botella de brandy y fumado un paquete de cigarrillos, siento palpitar mis sienes. Me perturba este silencio en la madrugada. No se oyen los susurros de las enfermeras, ni la música cansina del hilo musical, ni el arrastrar de las zapatillas de los viejos sobre el parquet. Silencio y soledad ¿un preámbulo de la muerte? Mi mirada se fija en el exterior de la habitación y veo unas faroles en el jardín que lucen débilmente sobre el césped, como en una película de Hitchcock. Me quedo absorto viendo la escena. No reacciono, me encuentro como alelado. 

La histeria mística de Margarita contaminó también mi existencia. Durante nuestro matrimonio sufrí un hartazgo de religiosidad debido a que ella era miembro de un ala radical de la iglesia. Unos fundamentalistas que nos lavaron a los dos el cerebro. Sobre todo a ella, que era en realidad una débil mental.  Lo que más me pesó de aquella etapa de mi vida era la pasión amorosa insatisfecha que padecí. Mientras yo intentaba hacer el amor con la pavisosa de mi esposa pensaba en el cuerpo pecador y lascivo de la hembra de Paco. ¿Como se portaría  en la cama?  ¿Qué fantasías llevarían a cabo  entre el putañero de Paco y su pareja?
Mientras, yo me comportaba como un idiota intentando vivir una vida santificada, según mis directores espirituales. Aunque yo  salía a fornicación onírica por noche pensando en la hembra de mi empleado. 

Una tarde que fue la mujer de Paco a recogerle a la farmacia me fijé en sus muslos tersos y hermosos que dejaba entrever estando ella sentada con las piernas cruzadas. Aquello si era una visión mística y no las majaderías que contaban los predicadores.  Fue demasiado. Cuando llegué a casa, con los chicos ya acostados insinué a Margarita que deberíamos hacer uso del matrimonio esa noche, un eufemismo que me permitía solicitar, dos o tres veces al mes, cada vez que yo sentía la llamada de la naturaleza.
  Allí en la cama, junto a ella, me imaginaba que estaba junto a la explosiva hembra de Paco y con un gran esfuerzo superponía la imagen de la figura de la amante del mancebo sobre el flácido cuerpo de mi esposa Margarita. Siempre fallaba el experimento cuando tocaba el móbido y enjuto cuerpo de ella.

¡Por todos los santos del cielo! Qué noche estoy pasando hoy intentando recordar algo positivo de mi vida. Estoy borracho, no cabe duda, al carajo el concurso de literatura entre los viejos de la residencia. Que los zurzan a todos. Tampoco estoy tan borracho para no darme cuenta que estoy sentado sobre la moqueta empapada de mis propios orines y resto de brandy derramado ¿Qué me pueden hacer, me castigaran las enfermeras como cuando iba al colegio?  Voy hacer un esfuerzo final para demostrar que ese fétido hedor agrio que se evapora desde el suelo y que penetra en mis fosas nasales no evitará que pueda escribir al menos unas líneas que justifiquen esta larga vela,
¿Qué me pasa? Miro mi mano derecha y veo que tengo cinco dedos; giro lentamente mi cabeza y veo que en la mano izquierda también tengo cinco dedos. ¿Y eso qué es? Parece ser un leve resplandor que del exterior pretende colarse en mi habitación para anunciar el comienzo de un nuevo día. Ya es demasiado tarde, intentaré levantarme del suelo, tengo que escribir algo sobre el folio que está en la máquina. 
¿Donde está la tecla de la C ? Aquí la veo y la tecla de la R, por aquí arriba. A ver lo que he escrito: Cretino. Lo que siempre fui en la vida.

lunes, 24 de octubre de 2016

El Libro de Horas de Paco Pérez

El Libro de Horas de Paco López

Adela Casona abandonó  su pueblo, como todas las temporadas, junto con su marido y su hijo Paquito de 5 años de edad. Iban a trabajar de jornaleros a la vendimia francesa. El tren especial iba llenos de andaluces que huían del hambre a buscar un dinero necesario para soportar otro año más con trabajos temporales en las fincas de los terratenientes. Corría 1950. Una década de subdesarrollo y de miseria para la mayoría de los andaluces. 
Adela cuando se enojaba solía decir entre dientes: Amamos la tierra, pero no a los propietarios de ésta.
Pero aquel año fue su año de suerte. Nada más acabar la vendimia al marido de Adela  le ofrecieron un puesto fijo de trabajo en una bodega. Ella ya buscaría trabajo, pero no de sirvienta. Era pobre pero su orgullo le hacía rechazar todo trabajo demasiado servil. Se colocó de limpiadora en un museo. Su hijo iría a una guardería municipal gratis.

Adela llevaba dos años trabajando en el museo cuando le encargaron, junto con otras dos empleadas, que limpiaran a fondo el almacén, que se encontraba en los sótanos del edificio. 
Unas barras de neón mal iluminaban el lugar. Detrás de una estantería y contra la pared Adela vio un pequeño libro que llevaría allí extraviado varios años. Estaba cubierto de polvo y de telarañas aunque no le había afectado el moho. Era un librito muy pequeño. Miró a los lados y bajo una mortecina luz lo abrió y vio uno preciosos dibujos sobre unas hojas muy tiesas, estaba escrito en una lengua muy rara, no era francés porque ella entendía algo. Se levantó la parte delantera de la bata y la falda y lo escondió bajo la faja. Sería un regalo para su hijo Paquito, para el día de su cumpleaños, así se ahorraría unos francos. 

Ramón arrancó la motocicleta para hacer un circuito por carriles y veredas del monte bajo de la sierra. Era su día libre en el trabajo y así se recargaba las pilas, como él decía. Tenía previsto visitar un rodal, casi escondido, de secuoyas gigantes. Estaba algo lejos de casa, pero sería interesante el viaje. Subió una pina cuesta sobre un terreno roto por las lluvias pasadas, debía usar  velocidades cortas de la máquina cosa  que produjo que el agua del radiador  hirviera a borbotones. También fue por su culpa, por olvidar  revisar el nivel del líquido anticongelante antes de salir.
 El camino transcurría por encima de una loma, debajo transcurría el río. Estaba lejos y además no tenía ningún recipiente para recoger el agua. En una curva vio una casa forestal. Paró bajo una inmensa higuera, puso la moto a la sombra, se quitó el casco, los guantes y las coderas y llamó a la puerta de la casa. Nadie contestó. Repitió la llamada y una voz proveniente desde detrás de la casa  ordenó que se acercara.
Un guarda forestal, de unos cuarenta y picos años de edad estaba almorzando.
-Sentí el ruido de la moto antes de subir usted por el repecho - dijo el guarda
-Es que voy a ver las secuoyas que hay en la cabecera del río.
-Siéntese aquí-  señalando una silla sin respaldo- y tome un vaso de vino-costa que le hará entrar en calor.
Hablaron y hablaron hasta que el motorista dijo al guarda que trabajaba como encargado en una librería.
-Entonces usted entiende de libros
-Más o menos. Vivo de ese oficio.
-Le voy enseñar algo y me dice usted cuanto puede costar
El guarda entró en la casa y salió, minutos después, con una caja ajada de cartón. Se la entregó a Ramón y le dijo que la abriera. Envuelto en un trapo blanco había un precioso librito de Horas, de unos 12x6 cm, profusa y preciosamente iluminado sobre vitela, escrito en latín y con tapas de terciopelo azul con unas iniciales doradas. Ramón manoseó el libro, lo hojeó con deleite al mismo tiempo que inventaba un valor, a la baja, para a esa joya.
-Yo le puedo dar unas 30.000 pesetas por este libro - casi balbuceó Ramón por la emoción.
-Si usted es capaz de darme ese dineral es porque vale más. Mire- dijo el guarda socarronamente- si usted me hubiera ofrecido por el libro dos o tres mil pesetas el trato estaba hecho.
Un calor subió desde la barriga hacia el pecho del motorista. Había metido la pata hasta lo indecible.
-Ya no  se lo vendo -dijo el guarda muy serio- cuando vaya a Madrid a ver a mi hermana se lo venderá a un anticuario  por  cien mil pesetas, o eso o nada.

Ramón cariacontecido rellenó  el radiador de agua de un botijo que le dio el guarda,  se despidió del hombre y arrancando prosiguió su ruta. 
 ¡Un Libro de Horas del siglo XV por 100.000 pesetas! ¡Vaya ganga! Pensó mientras aceleraba.

domingo, 23 de octubre de 2016

El marido manso

El marido manso

Paca Yebra era muy joven cuando entró a trabajar como dependienta en Zapatería Loli. No era una chica guapa ni fea, era del montón, pero su juventud y lozanía suplía cualquier defecto. Sus 16 años de edad levantó una pasión incontenible en don Antonio, el esposo de doña Dolores, la ama del negocio.
Antonio fue un dependiente del comercio cuyo propietario, padre de doña Lola, escogió para perpetuar la tienda casándole con su única hija, que era semiboba y también un poco afásica. 
Lola, Loli o doña Lola era un ser  avaricioso; su único objetivo en la vida era vender zapatos y aumentar sus ingresos en la caja de ahorros. Era tan gorda que apenas podía arrastrar sus 120 kg. de existencia y además olía mal, por las mañanas a sebo rancio de cordero y por las tardes a pescado en descomposición dentro de  un radio de tres metros. 
Su marido, el exempleado servil y fiel, ahora copropietario  del negocio se creía un señor con derecho a pernada, holgando con la chica cada vez que le venía en ganas.
 Antonio era un ser repulsivo que a sus 50 años aparentaba  a un viejo casposo de más edad; era delgado y desgarbado, los cabellos lacios y pelirrojos y sus ojos, descoloridos, semejaban dos ostras putrefactas. Por otra parte, Paca sabía que si no se dejaba folgar por este adefesio perdería el trabajo que con su menguado salario sostenía, más que ayudaba, a su pobre y mísera familia que vivía en la zona de las chozas, la parte más deprimida del pueblo. 

El sátiro de don Antonio, cuando estaba aburrido o le apetecía, ordenaba a Paca para que subiera con él al almacén, que estaba en la tercera planta, para "arreglar" las cajas de zapatos. Ellos sabían que la oronda doña Lola nunca subiría allí debido a su enorme porte y a su vagancia congénita.

Don Antonio, una vez en un estado mental de reposo sexual, pensó que tenía que controlar su pasión enfermiza por Paca. Reconocía que todo su prestigio como un honesto y respetado ciudadano, secretario local del movimiento, hermano mayor de la cofradía de San Felipe y teniente de alcalde se podía venir abajo si dejara, por un descuido, preñada a la niña, como él la llamaba en la intimidad. Por lo tanto sugirió a Paca que se casara con el primer patán que se  pusiera a tiro.

Paca tenía un vecino recién licenciado del servicio militar obligatorio y que la miraba con ojos de chivo en celos cada vez que ella pasaba frente a su casa. Los encantos de una chica joven bien expuestos más la inexperiencia del mozo en materia de mujeres fueron los ingredientes necesarios para que el pobre desgraciado cayera en las redes  de la chica. Cuando el vecino probó el placer sexual que ella le regaló imaginó que aquello era único, que solo ella sería capaz de ofrecer. Así que a los dos meses se casó con Paca para asegurar ese deleite.

Al mes de estar Paca casada con el destripaterrones quedó embarazada para dar luz, meses después, a una niña flacucha, renegrida y de rostro simiesco: un brote biológico de dos seres nacidos y crecidos en pleno subdesarrollo de la posguerra.

Don Antonio durante los siete primeros meses del embarazo de Paca disfrutó haciendo el amor con una libertad impensable; ya no tenía miedo de dejarle embarazada. Aquello era gloria bendita. El paroxismo del que él disfrutaba no pudo contenerse hasta que don Antonio dejó preñada a Paca antes de terminar la cuarentena. 
Paca Yebre, esta vez,  parió una niña regordeta, de piel lechosa, cabellos color panocha y ojos claros. Un año después la naturaleza demostró que la niña  era un sosia de don Antonio.

El marido de Paca, aparte de ser un manso que soportaba bien las astas impuestas por el jefe de su mujer, era un tonto del haba que nunca notó las diferencias morfológicas entres sus dos hijas, una, la mayor, la suya,  a los siete años de edad era delgada, tenía cara de quinqui, era de piel renegrina y poseía una notable mirada de mala uva  mientras que la pequeña, de seis años era bajita, regordeta, con  cabellos melguizos, ojos claros y mirada de panadera.

A principio de los años 60 la gente del pueblo pudo salir de aquel lugar huyendo del hambre y de las humillaciones que la gente baja, los pobres, como se decía antes, sufrían a diario marchando a Alemania o a Barcelona a buscarse la vida.
 Paca Yebra  con algo más de 30 años de edad, con un marido estúpido, dos hijas innecesarias y un amante cercano a los setenta años de edad,  indujo a su marido a cambiar de aires. Así hicieron. El menso y el manso del marido de Paca nunca supo ¿o no quiso saber?  los motivos de la huída a Munich de toda la familia, ni menos aún que durante años mantuvo a una hija que no fue engendrada por él aunque todo el pueblo conociera la historia que hubo entre el rijoso don Antonio y su empleada Paca. 

martes, 20 de septiembre de 2016

Degeneratum

Degeneratum 

Cuando encontré los folios encuadernados y mecanografiados con el relato de una novela de Paula, lluvias de recuerdos me inundaron. "Es útil -dice Paula en su escrito- imaginar que uno se enamore por una correspondencia espiritual o intelectual; el amor es el incendio de dos almas empeñadas en crecer y manifestarse independientemente. El objeto amado no es sino aquel que ha compartido simultáneamente una experiencia; y el deseo de estar junto al objeto amado no responde al anhelo de poseerlo, sino al de dos experiencias que se comparen mutuamente, como imágenes de espejos diferentes. Todo ello puede preceder a la primera mirada, al primer beso o acto de amor".

No pude evitar recordar mi frustración amorosa con la autora de esta novela, cuando ella tenía más de 40 años de edad y yo apenas 20 años recién cumplidos. Una diferencia en el espacio más que el tiempo que no fue obstáculo alguno para que yo me enamorara perdidamente  de Paula. Un amor no correspondido. Ella se enfadaba cuando yo le insinuaba una pasión encubierta por un cierto afecto familiar ya que éramos primos hermanos. Ella, tan puritana, me decía que esa deseada relación amorosa era un pecado mortal.
En aquel tiempo Paula trabajaba en Madrid en la oficina de una compañía de seguros aunque su verdadera pasión era poder ser una escritora. Debo aclarar que a pesar de su indudable belleza, exquisito porte y educación esmerada nunca tuvo novio. Me decía con tristeza: "Primo, en verdad, todos buscan lo mismo de mí".

Ahora, al cabo de veinte años del amor imposible con mi prima, recordé con nostalgia aquella aventura que pretendía mantener con ella, tan distante, tan hermosa, tan difícil.

Vuelvo a hojear el original de la novela de Paula y leo: "Desde entonces yo no había podido obtener ninguna satisfacción en el amor, a menos que reviviera mentalmente la escena imaginaria con un hombre imaginario y volviera a representarla. Desde luego que tuve amantes secretos, tan secretos que nadie lo sospechaba. Así, para mí, para mis amantes eran tan solo sustitutos mentales de mi primer amor que fue mi primo Alfredo. Reconozco que yo podría padecer una anemia imaginaria, pues no conseguía poseer plenamente a nadie en la carne. No podía apropiarme del amor que tanto necesitaba".

Acaricié las hojas leídas y saboreé el recuerdo  que aún tenía de mi prima. 
-¿Qué aspecto tendrá ahora Paula a sus sesenta y tantos años? La fatalidad a veces puede ofrecer sorpresas como cuando recibí la invitación a la boda de ¡Paula!
 La tarjeta que recibí no era una de esas clásicas con un dibujo de dos anillos entrelazados y un mensaje estereotipado, sino el irregular recorte de una cartulina escrita por Paula con un rotulador color malva que decía: "A mi querido primo Alfredo. El hombre con quien me caso es bueno, si por bueno se entiende a un simple mental, un ser inane y temeroso de las personas más poderosas que él. Se llama Carlos y es el hijo único y el heredero del cacique más rico del pueblo. Sé que si me caso con él tendré resuelto todos mis problemas económicos ya que me asquea levantarme cada día y pensar qué tengo que hacer para poder seguir viviendo. Por favor, Alfredo, asiste a mi boda. Me encantaría poder verte antes de sumergirme en la mediocridad de la vida que me espera".

Desde luego que  sentí una gran curiosidad por ver a mi prima después de más de veinte años. Dicen que las mujeres bellas conservan sus encantos pese a su edad, cosa que dudo, pero lo comprobaré. El culto a la belleza y al placer que ella siempre profesó, las pequeñas vanidades, la preocupación por el juicio de quienes eran inferiores a ella y esa elegante arrogancia que la hacía tan distante  ¿Habría perdido todas esas "virtudes" viviendo entre aldeanos?

No encontré ningún problema para realizar el viaje a aquel mísero pueblo castellano donde ahora vivía Paula. Como yo vivía en Málaga mi mujer me dijo que no se le apetecía hacer tan largo viaje para nada en particular. Mejor para mí. Iría solo, así, viajando en el tren me daría tiempo de leer todo el mamotreto de la novela mecanografiada de Paula. Después de hacer trasbordo en Madrid tomé un tren que me dejó en una desolada estación en medio de la nada. Alquilé un taxi que me dejó frente la puerta de un café ya que era muy temprano para visitar a Paula que vivía en un arruinado palacio con nuestra tía Teodora.
En el bar me senté en una silla junto a una mesa cercana a la ventana que daba a la calle. Miré al exterior mientras me preparaban el café. Mi mente divagó por imaginarias aventuras eróticas que podría haber practicado con mi prima cuando ambos vivíamos en Madrid. Seguía pensando, algo excitado con esas posibilidades mientras que mi mirada se posó en unos gorriones que escarbaban entre los restos de pipas de girasol que alguien había arrojado bajo un banco situado junto a un enorme nogal. Los pájaros levantaron el vuelo cuando una mujer vestido de luto pasó junto a ellos portando dos garrafas de plástico llenas de agua. Salí de este peculiar trance cuando el tabernero puso la taza sobre la mesa y preguntó con voz destemplada que si quería algo más. No gracias- contesté- aunque añadí si podría decirme donde se encontraba la Casa Grande, que era el nombre que recibía el vetusto palacio de mi tía.
Llegué a la imponente fachada de estilo casi renacentista; me acerqué al portón que estaba cerrado y llamé dos veces usando una mano de bronce que parecía salir del interior del panel negro de la gran puerta de dos hojas. Pasaron unos segundos. Pude oír unos pasos que se arrastraban por el interior de la casa hacia el portón. Un chirrido de hierros sin engrasar del cerrojo fue el preámbulo antes de abrirse la puerta. La cabeza de una anciana criada que llevaba una cofia ladeada sobre la cabeza y un uniforme descolorido que sería antes de color negro o azul marino me preguntó que qué quería. 
-Soy Alfredo Buendía, el sobrino de la señora condesa.
-Ah, el primo de la señorita Paula. Pase usted que le están esperando desde ayer.
Seguí el lento caminar de la anciana sirvienta que me guiaba por un largo pasillo hacia una de las tres salas de recibir que tenía la casona en la planta baja.
-Espere un momento -dijo la criada mientras  golpeaba suavemente la puerta.
Una voz desde el interior ordenó ¡adelante! La criada entró antes que yo y me anunció: Don Alfredo Buendía, su sobrino.
Otra anciana, tan vieja como la criada, estaba sentada en una mecedora, levantó la vista lentamente, se cambió las gafas y me dijo: No te reconozco ¿cómo se llamaba tu padre? Contesté que era el hijo de su marido, don Alfonso Buendía.
-Ya caigo, aquel sinvergüenza que os arruinó a todos con el juego y las putas. ¡Menudo elemento era tu padre!
-Ven siéntate a mi lado, sobrino. Paula bajará dentro de un momento, se está probando con la modista para que le ajuste el vestido de novia. Un traje de chaqueta que compramos en la ciudad .
Te preguntarás cómo tu prima, una Buendía, se va a casar con un patán. No, no me repliques. Te explicaré. Debemos reconocer que Paula tiene más de sesenta años y está... muy estropeada: ha pasado muchas penalidades. No supo soportar la pobreza cuando a la muerte de su padre no heredó nada, sólo deudas. Afortunadamente el muy imbécil se pegó un tiro en la cabeza cuando se vio en la ruina. 
Mi tía hizo una pausa en su relato, bebió un poco de agua y cuando iba a retomar su explicación sentimos un leve carraspeo que provenía de la puerta de entrada al salón. 
Una silueta se dibujaba en el umbral de la puerta. Un contraluz muy forzado mostraba a una mujer con un grotesco peinado que descansaba sobre unos hombros caídos muchos más estrechos que sus enormes caderas que intentaba disimular con una larga falda de ancho vuelo.
-Por fin se ha dignado mi primo Alfredo venir a mi boda- dijo Paula con una bella y cálida voz. Lo único que le quedaba bonito.
Indudablemente era mi prima, aquella de la que enamoré en Madrid. Su silueta tomó un volumen tridimensional cuando se acercó a nosotros. Yo me levanté pasa darle dos besos de saludo. Su cuerpo ni olía bien ni mal, olía a desesperación.
-¿Cómo estás, Paula? le pregunté por cortesía
-Vaya, vaya, el famoso editor en mi casa - dijo a modo de contestación.
-Me alegro de verte, estás... - no me dejó concluir el cumplido.
-Sí, más gorda y con aspecto de matrona, ya lo sé - dijo Paula con sorna.
-Todos cambiamos con la edad. Hace más de veinte años que no nos vemos.
-No seas indulgente conmigo. Tú sí tienes un aspecto genial, incluso aseguraría que estás mejor que cuando tenías veinte años de edad.  
-¡Dejaros de cumplidos!- gritó tía Teodora. Adela, avisa a la tata para que acompañe a tu primo a sus habitaciones.
Fui instalado en uno de los dormitorios de la planta principal de la casa que comunicaba con un enorme y destartalado cuarto de baño cuya cisterna goteaba constantemente. La habitación que me asignaron olía a humedad, a sacristía, a bodega mal ventilada. Tenía un techo tan alto que la luz que entraba por los postigos del balcón apenas lo podía iluminar. Decoraba la estancia unos grandes muebles de nogal y unas pesadas cortinas de terciopelo rojo oscuro, muy desgastadas, haciendo juego con la colcha que cubría mi cama.

Me senté sobre la cama y encendí un pitillo. No podía quitarme de la cabeza como mi exquisita prima Paula fue atacada por una obesidad tan acusada que la deformaba por completo,  debido, supuse, a una ingesta desordenadas de alimentos para atenuar un rosario de depresiones provocadas por su calamitosa situación social y económica.  Lo peor de todo era que había perdido su belleza: la cara se le había apergaminado, sus labios eran dos líneas rectas y un horrible peinado pueblerino enmarcaba un renegrido rostro de piel áspera. 

A la hora de la cena bajé al comedor. Iba vestido para la ocasión, una costumbre que en la Casa Grande no se había perdido a pesar de la pobreza. En una larga mesa ya se encontraban sentadas mi tía y Paula en ambos extremos de la misma. El centro me lo habían reservado. 
La anciana criada sirvió el caldo en una enorme sopera por cuya tapa mal ajustada se escapaba el vapor. Tía Teodora movía la sopa sin hacer ruido con una cuchara de plata desgastada por el uso. Paula, inmóvil, me miraba fijamente. Callada, pensativa; se encontraba como petrificada. La luz eléctrica cenital le daba una aspecto casi de bruja.  Estaba fea a rabiar. Yo me encontraba muy incómodo y terminé de cenar rápidamente para, tras una excusa mal urdida, retirarme a mi dormitorio. 

Acostado sobre mi descomunal e incómoda cama pensé que por mi parte fue un error asistir a la boda de Paula. No tenía sentido aquella parodia. Esta mujer no era aquella Paula que yo  había amado en mi juventud. Se había convertido en una degeneración, en el degeneratum de un ser humano.