Degeneratum
Cuando encontré los folios encuadernados y mecanografiados con el relato de una novela de Paula, lluvias de recuerdos me inundaron. "Es útil -dice Paula en su escrito- imaginar que uno se enamore por una correspondencia espiritual o intelectual; el amor es el incendio de dos almas empeñadas en crecer y manifestarse independientemente. El objeto amado no es sino aquel que ha compartido simultáneamente una experiencia; y el deseo de estar junto al objeto amado no responde al anhelo de poseerlo, sino al de dos experiencias que se comparen mutuamente, como imágenes de espejos diferentes. Todo ello puede preceder a la primera mirada, al primer beso o acto de amor".
No pude evitar recordar mi frustración amorosa con la autora de esta novela, cuando ella tenía más de 40 años de edad y yo apenas 20 años recién cumplidos. Una diferencia en el espacio más que el tiempo que no fue obstáculo alguno para que yo me enamorara perdidamente de Paula. Un amor no correspondido. Ella se enfadaba cuando yo le insinuaba una pasión encubierta por un cierto afecto familiar ya que éramos primos hermanos. Ella, tan puritana, me decía que esa deseada relación amorosa era un pecado mortal.
En aquel tiempo Paula trabajaba en Madrid en la oficina de una compañía de seguros aunque su verdadera pasión era poder ser una escritora. Debo aclarar que a pesar de su indudable belleza, exquisito porte y educación esmerada nunca tuvo novio. Me decía con tristeza: "Primo, en verdad, todos buscan lo mismo de mí".
Ahora, al cabo de veinte años del amor imposible con mi prima, recordé con nostalgia aquella aventura que pretendía mantener con ella, tan distante, tan hermosa, tan difícil.
Vuelvo a hojear el original de la novela de Paula y leo: "Desde entonces yo no había podido obtener ninguna satisfacción en el amor, a menos que reviviera mentalmente la escena imaginaria con un hombre imaginario y volviera a representarla. Desde luego que tuve amantes secretos, tan secretos que nadie lo sospechaba. Así, para mí, para mis amantes eran tan solo sustitutos mentales de mi primer amor que fue mi primo Alfredo. Reconozco que yo podría padecer una anemia imaginaria, pues no conseguía poseer plenamente a nadie en la carne. No podía apropiarme del amor que tanto necesitaba".
Acaricié las hojas leídas y saboreé el recuerdo que aún tenía de mi prima.
-¿Qué aspecto tendrá ahora Paula a sus sesenta y tantos años? La fatalidad a veces puede ofrecer sorpresas como cuando recibí la invitación a la boda de ¡Paula!
La tarjeta que recibí no era una de esas clásicas con un dibujo de dos anillos entrelazados y un mensaje estereotipado, sino el irregular recorte de una cartulina escrita por Paula con un rotulador color malva que decía: "A mi querido primo Alfredo. El hombre con quien me caso es bueno, si por bueno se entiende a un simple mental, un ser inane y temeroso de las personas más poderosas que él. Se llama Carlos y es el hijo único y el heredero del cacique más rico del pueblo. Sé que si me caso con él tendré resuelto todos mis problemas económicos ya que me asquea levantarme cada día y pensar qué tengo que hacer para poder seguir viviendo. Por favor, Alfredo, asiste a mi boda. Me encantaría poder verte antes de sumergirme en la mediocridad de la vida que me espera".
Desde luego que sentí una gran curiosidad por ver a mi prima después de más de veinte años. Dicen que las mujeres bellas conservan sus encantos pese a su edad, cosa que dudo, pero lo comprobaré. El culto a la belleza y al placer que ella siempre profesó, las pequeñas vanidades, la preocupación por el juicio de quienes eran inferiores a ella y esa elegante arrogancia que la hacía tan distante ¿Habría perdido todas esas "virtudes" viviendo entre aldeanos?
No encontré ningún problema para realizar el viaje a aquel mísero pueblo castellano donde ahora vivía Paula. Como yo vivía en Málaga mi mujer me dijo que no se le apetecía hacer tan largo viaje para nada en particular. Mejor para mí. Iría solo, así, viajando en el tren me daría tiempo de leer todo el mamotreto de la novela mecanografiada de Paula. Después de hacer trasbordo en Madrid tomé un tren que me dejó en una desolada estación en medio de la nada. Alquilé un taxi que me dejó frente la puerta de un café ya que era muy temprano para visitar a Paula que vivía en un arruinado palacio con nuestra tía Teodora.
En el bar me senté en una silla junto a una mesa cercana a la ventana que daba a la calle. Miré al exterior mientras me preparaban el café. Mi mente divagó por imaginarias aventuras eróticas que podría haber practicado con mi prima cuando ambos vivíamos en Madrid. Seguía pensando, algo excitado con esas posibilidades mientras que mi mirada se posó en unos gorriones que escarbaban entre los restos de pipas de girasol que alguien había arrojado bajo un banco situado junto a un enorme nogal. Los pájaros levantaron el vuelo cuando una mujer vestido de luto pasó junto a ellos portando dos garrafas de plástico llenas de agua. Salí de este peculiar trance cuando el tabernero puso la taza sobre la mesa y preguntó con voz destemplada que si quería algo más. No gracias- contesté- aunque añadí si podría decirme donde se encontraba la Casa Grande, que era el nombre que recibía el vetusto palacio de mi tía.
Llegué a la imponente fachada de estilo casi renacentista; me acerqué al portón que estaba cerrado y llamé dos veces usando una mano de bronce que parecía salir del interior del panel negro de la gran puerta de dos hojas. Pasaron unos segundos. Pude oír unos pasos que se arrastraban por el interior de la casa hacia el portón. Un chirrido de hierros sin engrasar del cerrojo fue el preámbulo antes de abrirse la puerta. La cabeza de una anciana criada que llevaba una cofia ladeada sobre la cabeza y un uniforme descolorido que sería antes de color negro o azul marino me preguntó que qué quería.
-Soy Alfredo Buendía, el sobrino de la señora condesa.
-Ah, el primo de la señorita Paula. Pase usted que le están esperando desde ayer.
Seguí el lento caminar de la anciana sirvienta que me guiaba por un largo pasillo hacia una de las tres salas de recibir que tenía la casona en la planta baja.
-Espere un momento -dijo la criada mientras golpeaba suavemente la puerta.
Una voz desde el interior ordenó ¡adelante! La criada entró antes que yo y me anunció: Don Alfredo Buendía, su sobrino.
Otra anciana, tan vieja como la criada, estaba sentada en una mecedora, levantó la vista lentamente, se cambió las gafas y me dijo: No te reconozco ¿cómo se llamaba tu padre? Contesté que era el hijo de su marido, don Alfonso Buendía.
-Ya caigo, aquel sinvergüenza que os arruinó a todos con el juego y las putas. ¡Menudo elemento era tu padre!
-Ven siéntate a mi lado, sobrino. Paula bajará dentro de un momento, se está probando con la modista para que le ajuste el vestido de novia. Un traje de chaqueta que compramos en la ciudad .
Te preguntarás cómo tu prima, una Buendía, se va a casar con un patán. No, no me repliques. Te explicaré. Debemos reconocer que Paula tiene más de sesenta años y está... muy estropeada: ha pasado muchas penalidades. No supo soportar la pobreza cuando a la muerte de su padre no heredó nada, sólo deudas. Afortunadamente el muy imbécil se pegó un tiro en la cabeza cuando se vio en la ruina.
Mi tía hizo una pausa en su relato, bebió un poco de agua y cuando iba a retomar su explicación sentimos un leve carraspeo que provenía de la puerta de entrada al salón.
Una silueta se dibujaba en el umbral de la puerta. Un contraluz muy forzado mostraba a una mujer con un grotesco peinado que descansaba sobre unos hombros caídos muchos más estrechos que sus enormes caderas que intentaba disimular con una larga falda de ancho vuelo.
-Por fin se ha dignado mi primo Alfredo venir a mi boda- dijo Paula con una bella y cálida voz. Lo único que le quedaba bonito.
Indudablemente era mi prima, aquella de la que enamoré en Madrid. Su silueta tomó un volumen tridimensional cuando se acercó a nosotros. Yo me levanté pasa darle dos besos de saludo. Su cuerpo ni olía bien ni mal, olía a desesperación.
-¿Cómo estás, Paula? le pregunté por cortesía
-Vaya, vaya, el famoso editor en mi casa - dijo a modo de contestación.
-Me alegro de verte, estás... - no me dejó concluir el cumplido.
-Sí, más gorda y con aspecto de matrona, ya lo sé - dijo Paula con sorna.
-Todos cambiamos con la edad. Hace más de veinte años que no nos vemos.
-No seas indulgente conmigo. Tú sí tienes un aspecto genial, incluso aseguraría que estás mejor que cuando tenías veinte años de edad.
-¡Dejaros de cumplidos!- gritó tía Teodora. Adela, avisa a la tata para que acompañe a tu primo a sus habitaciones.
Fui instalado en uno de los dormitorios de la planta principal de la casa que comunicaba con un enorme y destartalado cuarto de baño cuya cisterna goteaba constantemente. La habitación que me asignaron olía a humedad, a sacristía, a bodega mal ventilada. Tenía un techo tan alto que la luz que entraba por los postigos del balcón apenas lo podía iluminar. Decoraba la estancia unos grandes muebles de nogal y unas pesadas cortinas de terciopelo rojo oscuro, muy desgastadas, haciendo juego con la colcha que cubría mi cama.
Me senté sobre la cama y encendí un pitillo. No podía quitarme de la cabeza como mi exquisita prima Paula fue atacada por una obesidad tan acusada que la deformaba por completo, debido, supuse, a una ingesta desordenadas de alimentos para atenuar un rosario de depresiones provocadas por su calamitosa situación social y económica. Lo peor de todo era que había perdido su belleza: la cara se le había apergaminado, sus labios eran dos líneas rectas y un horrible peinado pueblerino enmarcaba un renegrido rostro de piel áspera.
A la hora de la cena bajé al comedor. Iba vestido para la ocasión, una costumbre que en la Casa Grande no se había perdido a pesar de la pobreza. En una larga mesa ya se encontraban sentadas mi tía y Paula en ambos extremos de la misma. El centro me lo habían reservado.
La anciana criada sirvió el caldo en una enorme sopera por cuya tapa mal ajustada se escapaba el vapor. Tía Teodora movía la sopa sin hacer ruido con una cuchara de plata desgastada por el uso. Paula, inmóvil, me miraba fijamente. Callada, pensativa; se encontraba como petrificada. La luz eléctrica cenital le daba una aspecto casi de bruja. Estaba fea a rabiar. Yo me encontraba muy incómodo y terminé de cenar rápidamente para, tras una excusa mal urdida, retirarme a mi dormitorio.
Acostado sobre mi descomunal e incómoda cama pensé que por mi parte fue un error asistir a la boda de Paula. No tenía sentido aquella parodia. Esta mujer no era aquella Paula que yo había amado en mi juventud. Se había convertido en una degeneración, en el degeneratum de un ser humano.
martes, 20 de septiembre de 2016
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Ilegales
Ilegales
La noche era espléndida, el mar estaba en calma y semejaba el espejo de un lago helado de Noruega. Ocho personas a borde de una pequeña embarcación abandonaban la playa de Marbella con destino a Africa, la tierra prometida. Eran tres españoles, dos franceses, un belga y dos suecos.
La ilegalidad del viaje y el peligro de la travesía era el precio a pagar para huir del infortunio y de la violencia de sus respectivos países. Toda Europa se encontraba en un estado de anarquía y de degradación. Los ciudadanos que podían huían de unos gobiernos que obligaban a sus súbitos a no pensar, a no razonar y a tener que simular una felicidad ficticia.
La frágil embarcación navegaba desde la costa española a Marruecos a través de un mar sucio, era una cloaca donde los restos de tiempos mejores flotaban, bolsas vacías de plástico, tetrabick insumergibles, botellas de plásticos y latas de bebidas, todos formaban una flotilla repulsiva.
-¡Marruecos! - exclamó con alegría uno de los refugiados, un sueco con cara de panocha. Allí estaba la tierra de promisión. Adiós al frío nórdico y al continuo errar de una ciudad a otra buscando comida: adiós a esa represión mental de esos gobiernos miembros de la Unión de Corrupciones Generalizadas o U.C.G.
Todavía era noche cerrada cuando desembarcaron en la playa. Los ocho ilegales cruzaron la arena y se refugiaron bajo una choza esperando al enlace que en una furgoneta los trasladarían a Oujda.
En esta ciudad todos se presentaron a las autoridades. Ellos sabían que pisando tierra en Marruecos ya no serían devueltos a ningún país de la U.C.G.
Una vez que le hicieron un documento de refugiado fueron internados en un centro de acogida. El lugar era un bello edificio de mármol blanco con aire acondicionado, música ambiental suave y un servicio gratis de restaurante de cocina europea. Un funcionario acompañó a estos refugiados a la oficina de empleo del centro de la ciudad. Otro empleado, educado y atento, que hablaba español, francés e inglés, les invitó a que se sentara mientras consultaba en el ordenador. Hizo un alto, se levantó y sonriendo amablemente se dirigió a los asustados inmigrantes para decirles que tenían suerte, que les había encontrado trabajo para cada uno de ellos.
Marruecos absorbía las continuas oleadas de inmigrantes que desde toda Europa pretendía buscar paz y trabajo en el próspero Continente Africano. Era un país de paso y las autoridades se encontraban desbordadas por esta avalancha de desheredados que huían más del hambre que de otra cosa. Gentes procedentes de países paupérrimos tales como Alemania, Francia, Suiza, Reino Unido, Bélgica, Escandinavia, Liechtenstein y Luxemburgo se jugaban la vida en la travesía del Estrecho para alcanzar un lugar donde vivir.
Africa era el paraíso deseado por todos, el Shangri-La soñado por los europeos que gastaban sus ahorros pagando a las mafias para que los llevaran de contrabando al Magreb. A veces tenían suerte como el caso de estos ocho personajes sin papeles y consiguieron sus objetivos: los tres españoles se instalaron en Meknés trabajando en una multinacional. El matrimonio sueco obtuvo una autorización para viajar y vivir en la rica y exuberante Etiopía. Allí todo era lujo y vida fácil aunque lo etíopes eran un poco racistas y evitaban el roce con esos extranjeros tan feos que eran altos, rubios y de ojos azules. Los etíopes eran racistas, pero muy civilizados, solo les negaban el saludo. Los dos franceses llegaron al Chad y emprendieron una nueva vida en unas condiciones asombrosas, inmejorables. El inmigrante belga marchó a Nigeria para trabajar en el teatro nacional.
Mientras, en lo que antes era Europa, ahora conocido por las siglas U.C.G. seguía sumida en un caos permanente.
Cuando uno de los nuevos ciudadanos europeos asentados en Africa consultó una mañana las noticias a través de Internet leyó: "Suiza. Bandas incontroladas de salvajes armados con palos y piedras procedentes del Cantón del Jura masacran una caravana de viajeros procedente del Cantón de Zug"
"Francia. Una terrible epidemia conocida como A.V.T. asola a la mayoría de la población del País del Loira. Se supone que este terrible virus se originó en esta región debido a una promiscuidad sexual entre personas y animales domésticos."
"España. Una extraña mutuación aparece en una de sus Comunidades Autonómicas debido a un exceso de endogamia en su población que obliga a las personas que solo puedan andar de lado y hablen intercalando tremendos eructos"
El ex-inmigrante ilegal que estaba leyendo estas noticias apagó el ordenador e hizo un lento traveling con sus ojos. Miró a sus doce hijos que jugaban con sus tres madres, las tres esposas del neociudadano y se dijo mientras se arrascaba, sin necesidad, el lóbulo de la oreja derecha: "Menos mal que valió la pena emigrar a este fabuloso y próspero país africano"
La noche era espléndida, el mar estaba en calma y semejaba el espejo de un lago helado de Noruega. Ocho personas a borde de una pequeña embarcación abandonaban la playa de Marbella con destino a Africa, la tierra prometida. Eran tres españoles, dos franceses, un belga y dos suecos.
La ilegalidad del viaje y el peligro de la travesía era el precio a pagar para huir del infortunio y de la violencia de sus respectivos países. Toda Europa se encontraba en un estado de anarquía y de degradación. Los ciudadanos que podían huían de unos gobiernos que obligaban a sus súbitos a no pensar, a no razonar y a tener que simular una felicidad ficticia.
La frágil embarcación navegaba desde la costa española a Marruecos a través de un mar sucio, era una cloaca donde los restos de tiempos mejores flotaban, bolsas vacías de plástico, tetrabick insumergibles, botellas de plásticos y latas de bebidas, todos formaban una flotilla repulsiva.
-¡Marruecos! - exclamó con alegría uno de los refugiados, un sueco con cara de panocha. Allí estaba la tierra de promisión. Adiós al frío nórdico y al continuo errar de una ciudad a otra buscando comida: adiós a esa represión mental de esos gobiernos miembros de la Unión de Corrupciones Generalizadas o U.C.G.
Todavía era noche cerrada cuando desembarcaron en la playa. Los ocho ilegales cruzaron la arena y se refugiaron bajo una choza esperando al enlace que en una furgoneta los trasladarían a Oujda.
En esta ciudad todos se presentaron a las autoridades. Ellos sabían que pisando tierra en Marruecos ya no serían devueltos a ningún país de la U.C.G.
Una vez que le hicieron un documento de refugiado fueron internados en un centro de acogida. El lugar era un bello edificio de mármol blanco con aire acondicionado, música ambiental suave y un servicio gratis de restaurante de cocina europea. Un funcionario acompañó a estos refugiados a la oficina de empleo del centro de la ciudad. Otro empleado, educado y atento, que hablaba español, francés e inglés, les invitó a que se sentara mientras consultaba en el ordenador. Hizo un alto, se levantó y sonriendo amablemente se dirigió a los asustados inmigrantes para decirles que tenían suerte, que les había encontrado trabajo para cada uno de ellos.
Marruecos absorbía las continuas oleadas de inmigrantes que desde toda Europa pretendía buscar paz y trabajo en el próspero Continente Africano. Era un país de paso y las autoridades se encontraban desbordadas por esta avalancha de desheredados que huían más del hambre que de otra cosa. Gentes procedentes de países paupérrimos tales como Alemania, Francia, Suiza, Reino Unido, Bélgica, Escandinavia, Liechtenstein y Luxemburgo se jugaban la vida en la travesía del Estrecho para alcanzar un lugar donde vivir.
Africa era el paraíso deseado por todos, el Shangri-La soñado por los europeos que gastaban sus ahorros pagando a las mafias para que los llevaran de contrabando al Magreb. A veces tenían suerte como el caso de estos ocho personajes sin papeles y consiguieron sus objetivos: los tres españoles se instalaron en Meknés trabajando en una multinacional. El matrimonio sueco obtuvo una autorización para viajar y vivir en la rica y exuberante Etiopía. Allí todo era lujo y vida fácil aunque lo etíopes eran un poco racistas y evitaban el roce con esos extranjeros tan feos que eran altos, rubios y de ojos azules. Los etíopes eran racistas, pero muy civilizados, solo les negaban el saludo. Los dos franceses llegaron al Chad y emprendieron una nueva vida en unas condiciones asombrosas, inmejorables. El inmigrante belga marchó a Nigeria para trabajar en el teatro nacional.
Mientras, en lo que antes era Europa, ahora conocido por las siglas U.C.G. seguía sumida en un caos permanente.
Cuando uno de los nuevos ciudadanos europeos asentados en Africa consultó una mañana las noticias a través de Internet leyó: "Suiza. Bandas incontroladas de salvajes armados con palos y piedras procedentes del Cantón del Jura masacran una caravana de viajeros procedente del Cantón de Zug"
"Francia. Una terrible epidemia conocida como A.V.T. asola a la mayoría de la población del País del Loira. Se supone que este terrible virus se originó en esta región debido a una promiscuidad sexual entre personas y animales domésticos."
"España. Una extraña mutuación aparece en una de sus Comunidades Autonómicas debido a un exceso de endogamia en su población que obliga a las personas que solo puedan andar de lado y hablen intercalando tremendos eructos"
El ex-inmigrante ilegal que estaba leyendo estas noticias apagó el ordenador e hizo un lento traveling con sus ojos. Miró a sus doce hijos que jugaban con sus tres madres, las tres esposas del neociudadano y se dijo mientras se arrascaba, sin necesidad, el lóbulo de la oreja derecha: "Menos mal que valió la pena emigrar a este fabuloso y próspero país africano"
El doctor
El doctor
Siempre me costó trabajo comprender la personalidad del doctor. Era un hombre extremadamente reservado. La gente decía de él que poseía poderes sobrenaturales. Cosa que nunca creí ya que mi alma pragmática se encontraba encallecida a mis sesenta años de edad y se había hecho refractaria a todas las entelequias y dogmas que esperan asaltarnos en cualquier momento de debilidad mental.
Aquellas navidades abrieron una ventana de credulidad en mi escepticismo cuando pregunté a mi hija qué tipo de regalo le gustaría que yo le hiciese a su hijo, mi nieto Luis, enfermo de un extraño mal y desahuciado por los médicos desde hacía dos años; un mal que le iba consumiendo lentamente y apagando una a una las velas de sus siete añitos. Mi hija me suplicó que el mejor regalo para el niño sería poder llevar al doctor a casa para que diera su diagnóstico sobre la enfermedad de Luisito. La desanimé diciéndole que el susodicho doctor era en realidad un curandero semianalfabeto que estaba encerrado en el centro penitenciario desde hacía más de cuatro lustros.
En realidad yo luchaba por no mostrar mi lado banal a pesar de respetar en cierto modo al doctor desde aquel día que me alivió un espantoso dolor de muelas.
Tuve que hacer uso de todas mis influencias como director de la cárcel para obtener una autorización del delegado del gobierno para conseguir un permiso temporal de excarcelación de seis horas para el curandero.
Llegamos a casa de mi hija a las diez de la mañana. El doctor vestía un ajado traje de pana gris; era un hombre de casi de mi misma edad, algo más bajo que yo pero con un rostro tremendamente sereno, bondadoso, que irradiaba paz.
El celador que lo escoltaba se quedó al otro lado de la puerta del dormitorio. Mi hija y yo nos situamos a los pies de la cama. El doctor miró al niño y luego paseó sus ojos por la habitación, se agachó y palpó el suelo con las palmas de sus manos; se levantó y tocó las cuatro paredes. Volvió junto al lecho y se quedó fijamente mirando al niño enfermo. Dio unos pasos hasta acercarse a mi hija y le susurró que aquella habitación emitía mucha energía negativa, que sacara al niño al salón. Seguimos sus consejos y tendimos a mi nieto sobre un sofá y lo cubrimos con una ligera manta. Entonces el doctor puso su mano derecha sobre la frente del niño y la mano izquierda sobre su propia frente al mismo tiempo que miraba intensamente a Luisito que en ese momento abrió sus párpados y le sonrió tristemente.
El doctor se separó del niño y nos dijo que ya estaba sanado, que dentro de unos días notaríamos una sensible mejoría.
Nunca supe lo que hizo el doctor aquel día. Ahora, un año después de la sesión mi nieto se encuentra totalmente restablecido, asiste al colegio y juega con sus amigos.
Mañana será navidad y los internos de la cárcel tendrán su propia fiesta, pero ¿que podría yo regalarle al doctor?
Siempre me costó trabajo comprender la personalidad del doctor. Era un hombre extremadamente reservado. La gente decía de él que poseía poderes sobrenaturales. Cosa que nunca creí ya que mi alma pragmática se encontraba encallecida a mis sesenta años de edad y se había hecho refractaria a todas las entelequias y dogmas que esperan asaltarnos en cualquier momento de debilidad mental.
Aquellas navidades abrieron una ventana de credulidad en mi escepticismo cuando pregunté a mi hija qué tipo de regalo le gustaría que yo le hiciese a su hijo, mi nieto Luis, enfermo de un extraño mal y desahuciado por los médicos desde hacía dos años; un mal que le iba consumiendo lentamente y apagando una a una las velas de sus siete añitos. Mi hija me suplicó que el mejor regalo para el niño sería poder llevar al doctor a casa para que diera su diagnóstico sobre la enfermedad de Luisito. La desanimé diciéndole que el susodicho doctor era en realidad un curandero semianalfabeto que estaba encerrado en el centro penitenciario desde hacía más de cuatro lustros.
En realidad yo luchaba por no mostrar mi lado banal a pesar de respetar en cierto modo al doctor desde aquel día que me alivió un espantoso dolor de muelas.
Tuve que hacer uso de todas mis influencias como director de la cárcel para obtener una autorización del delegado del gobierno para conseguir un permiso temporal de excarcelación de seis horas para el curandero.
Llegamos a casa de mi hija a las diez de la mañana. El doctor vestía un ajado traje de pana gris; era un hombre de casi de mi misma edad, algo más bajo que yo pero con un rostro tremendamente sereno, bondadoso, que irradiaba paz.
El celador que lo escoltaba se quedó al otro lado de la puerta del dormitorio. Mi hija y yo nos situamos a los pies de la cama. El doctor miró al niño y luego paseó sus ojos por la habitación, se agachó y palpó el suelo con las palmas de sus manos; se levantó y tocó las cuatro paredes. Volvió junto al lecho y se quedó fijamente mirando al niño enfermo. Dio unos pasos hasta acercarse a mi hija y le susurró que aquella habitación emitía mucha energía negativa, que sacara al niño al salón. Seguimos sus consejos y tendimos a mi nieto sobre un sofá y lo cubrimos con una ligera manta. Entonces el doctor puso su mano derecha sobre la frente del niño y la mano izquierda sobre su propia frente al mismo tiempo que miraba intensamente a Luisito que en ese momento abrió sus párpados y le sonrió tristemente.
El doctor se separó del niño y nos dijo que ya estaba sanado, que dentro de unos días notaríamos una sensible mejoría.
Nunca supe lo que hizo el doctor aquel día. Ahora, un año después de la sesión mi nieto se encuentra totalmente restablecido, asiste al colegio y juega con sus amigos.
Mañana será navidad y los internos de la cárcel tendrán su propia fiesta, pero ¿que podría yo regalarle al doctor?
martes, 6 de septiembre de 2016
Los caracoles
Los caracoles
-¿Cómo está hoy papá? -preguntó Luisa a su madre. Juana contestó con tristeza que solo se había bebido tres vasos de vino al levantarse de la cama, cuatro vasos al mediodía y tres durante la cena.
A este paso nunca podremos prepararlo- se quejó la madre.
Luisa entró en la salita de estar y encontró a su padre arrojado sobre el sofá, se encontraba todo desmadejado, como un pijama relleno de hombre.
El padre sostenía el mando a distancia del televisor con ambas manos y su mirada era boba, distante, absurda. Entonces el hombre hizo un esfuerzo para volver la cara y saludó a la hija con un lacónico hola. Después balbuceó unas palabras para quejarse de su mala suerte. Luisa le dijo que era un quejica y que no tenía paciencia, Que esperara y todo saldría como estaba planeado.
Luisa salió de la habitación que apestaba a vinazo y a sudor y se dirigió a la cocina donde su madre preparaba la cena.
-Lo que pasa es que tu padre es un miedoso; todo le asusta, no tiene visión de futuro.
Seis meses después.
-¿Cómo está hoy papá? - preguntó la hija a la madre cuando regresó del trabajo. Juana saltó de alegría y explicó que gracias a Dios ya había reaccionado al tratamiento. Tu padre -explicó Juana excitada- bajó a la calle borracho como una cuba, desde la ventana oí un frenazo y alguien gritó: "¡borracho, mira por donde andas!" Me asomé y lo vi sentado en el bordillo de la acera, cabizbajo mientras un guardia intentaba hablar con él.
-Por fin dio nuestro plan resultado - dijo la hija con admiración.
-Déjame que te cuente, un guardia subió a tu padre a casa, lo traía agarrado por un brazo y me dijo que en breve recibiría una visita de un agente social del ayuntamiento.
A los dos días del suceso Juan fue internado en una clínica de Alcohólicos Homónimos. Su hija y esposa lo visitaban una vez cada semana. Lo animaban y le recordaban que nunca olvidara el plan, que hiciese caso a sus cuidadores y se portara servilmente con los médicos y los educadores sociales.
El enfermo mostró un interés extraordinario para recuperarse. Al cabo de unos meses pudo pasar a la fase final del tratamiento: Asimilación laboral. La entidad le buscó un empleo adecuado a su edad y a su formación para demostrar a la opinión pública que cualquier borracho, con la ayuda imprescindible de Alcohólicos Homónimos, podía salir de su infierno.
Un año después.
-¿Cómo está hoy papá? - preguntó Luisa a su madre mientras se quitaba el abrigo.
-Estupendamente. esta mañana me llamó del trabajo para decirme que está muy contento.
-Hay que reconocer, mamá, que el empleo que ahora tiene es mucho mejor que el que tenía de chapista antes de echarlo del taller.
-¿Sabes que me dijo tu padre ayer mientras se desayunaba? Que tú valías mucho, que eras muy inteligente, que gracias a ti hoy se sentía un hombre completo y que si tú hubieses querido podrías haber sido una buena política ya que posees el don de engañar con estilo.
-Mamá ¿recuerdas aquello que nos decía la abuela? Lo que la miseria puede crear es miedo y cretinismo o por el contrario, rebelión y espabilamiento. Yo opté por esto último. Cuando vi la calamitosa situación de papá, sin trabajo a sus 56 años de edad y deprimido se me caía el alma. Entonces pensé que en España hay centenares de ONG deseosa de acoger a almas y cuerpos descarriados para reintegrarlo a la vida normal. Así que decidí que había que estigmatizarlo con algo que el orden establecido rechazara para después ser recuperado y reeducado y por consiguiente tuviera la ONG que buscarle forzosamente un empleo para justificar su labor total. Y salió todo bien, tal como yo había planeado.
-El caso es que tu padre -comentó Juana mientras se apretaba el sujetador antes de batir los huevos para la tortilla- ha conseguido su objetivo y además sin faltarle ningún trozo de su cuerpo, no como el tonto del vecino del tercero que aterrorizado porque le iban a echar del trabajo se amputó una mano para que le quedara una paga de por vida.
-Mamá, no hay que criticar. La vida es como un saco lleno de caracoles, que cada uno de ellos saca sus cuernos por donde puede.
-¿Cómo está hoy papá? -preguntó Luisa a su madre. Juana contestó con tristeza que solo se había bebido tres vasos de vino al levantarse de la cama, cuatro vasos al mediodía y tres durante la cena.
A este paso nunca podremos prepararlo- se quejó la madre.
Luisa entró en la salita de estar y encontró a su padre arrojado sobre el sofá, se encontraba todo desmadejado, como un pijama relleno de hombre.
El padre sostenía el mando a distancia del televisor con ambas manos y su mirada era boba, distante, absurda. Entonces el hombre hizo un esfuerzo para volver la cara y saludó a la hija con un lacónico hola. Después balbuceó unas palabras para quejarse de su mala suerte. Luisa le dijo que era un quejica y que no tenía paciencia, Que esperara y todo saldría como estaba planeado.
Luisa salió de la habitación que apestaba a vinazo y a sudor y se dirigió a la cocina donde su madre preparaba la cena.
-Lo que pasa es que tu padre es un miedoso; todo le asusta, no tiene visión de futuro.
Seis meses después.
-¿Cómo está hoy papá? - preguntó la hija a la madre cuando regresó del trabajo. Juana saltó de alegría y explicó que gracias a Dios ya había reaccionado al tratamiento. Tu padre -explicó Juana excitada- bajó a la calle borracho como una cuba, desde la ventana oí un frenazo y alguien gritó: "¡borracho, mira por donde andas!" Me asomé y lo vi sentado en el bordillo de la acera, cabizbajo mientras un guardia intentaba hablar con él.
-Por fin dio nuestro plan resultado - dijo la hija con admiración.
-Déjame que te cuente, un guardia subió a tu padre a casa, lo traía agarrado por un brazo y me dijo que en breve recibiría una visita de un agente social del ayuntamiento.
A los dos días del suceso Juan fue internado en una clínica de Alcohólicos Homónimos. Su hija y esposa lo visitaban una vez cada semana. Lo animaban y le recordaban que nunca olvidara el plan, que hiciese caso a sus cuidadores y se portara servilmente con los médicos y los educadores sociales.
El enfermo mostró un interés extraordinario para recuperarse. Al cabo de unos meses pudo pasar a la fase final del tratamiento: Asimilación laboral. La entidad le buscó un empleo adecuado a su edad y a su formación para demostrar a la opinión pública que cualquier borracho, con la ayuda imprescindible de Alcohólicos Homónimos, podía salir de su infierno.
Un año después.
-¿Cómo está hoy papá? - preguntó Luisa a su madre mientras se quitaba el abrigo.
-Estupendamente. esta mañana me llamó del trabajo para decirme que está muy contento.
-Hay que reconocer, mamá, que el empleo que ahora tiene es mucho mejor que el que tenía de chapista antes de echarlo del taller.
-¿Sabes que me dijo tu padre ayer mientras se desayunaba? Que tú valías mucho, que eras muy inteligente, que gracias a ti hoy se sentía un hombre completo y que si tú hubieses querido podrías haber sido una buena política ya que posees el don de engañar con estilo.
-Mamá ¿recuerdas aquello que nos decía la abuela? Lo que la miseria puede crear es miedo y cretinismo o por el contrario, rebelión y espabilamiento. Yo opté por esto último. Cuando vi la calamitosa situación de papá, sin trabajo a sus 56 años de edad y deprimido se me caía el alma. Entonces pensé que en España hay centenares de ONG deseosa de acoger a almas y cuerpos descarriados para reintegrarlo a la vida normal. Así que decidí que había que estigmatizarlo con algo que el orden establecido rechazara para después ser recuperado y reeducado y por consiguiente tuviera la ONG que buscarle forzosamente un empleo para justificar su labor total. Y salió todo bien, tal como yo había planeado.
-El caso es que tu padre -comentó Juana mientras se apretaba el sujetador antes de batir los huevos para la tortilla- ha conseguido su objetivo y además sin faltarle ningún trozo de su cuerpo, no como el tonto del vecino del tercero que aterrorizado porque le iban a echar del trabajo se amputó una mano para que le quedara una paga de por vida.
-Mamá, no hay que criticar. La vida es como un saco lleno de caracoles, que cada uno de ellos saca sus cuernos por donde puede.
La mujer que tenía cara de pobre
La mujer que tenía cara de pobre
Adela Piñata, 46 años de edad, esposa del millonario Rey de los Cartones, don Luis Machamillas, propietario de una factoría de reciclaje de cajas de cartón, se levantó aquella mañana de mal humor.
A pesar de su riqueza y de su aparente alto nivel de vida quiso borrar de una vez su pasado humilde, pobre, paupérrimo, de cuando era una moza y vivía en el barrio de las cuevas de aquel miserable pueblo serrano. Le costaba trabajo, pues a pesar de saber vestir, hay que confesar que siempre ayudada por su estilista, de ir peinada a la moda y trasladarse por la capital de provincia en un auto conducido por un chófer tenía una cara de pobre que mareaba.
La Clínica de estética Amour era la mejor de la provincia. Allí acudió Adela. El chófer le abrió la puerta del asiento trasero, su coach le dijo una vez que jamás se sentara junto al conductor de ningún coche porque era muy plebeyo. Se apeó del gran coche con soltura, sin enseñar las piernas más que lo preciso a posibles transeúntes mirones y caminando con pasos firmes entró. La estaban esperando.
El doctor Mendoza la recibió con suma cortesía, olía desde lejos el dineral que le iba sacar a esta ricachona. Ambos se sentaron, cada cual a un lado de la mesa. El Dr. Mendoza no tuvo que indagar el objeto de la visita pues era evidente. Pretendía quitarse esa cara de pedigüeña, de mendiga y de pobre de solemnidad, que a modo de careta llevaba pegada al rostro. Tenía unos ojos caídos semicubiertos por unos perezosos párpados. Una nariz respingona y achatada. Unos carrillos gordozuelos típico de las servientas de cocina y un mentón disimulado; todo, todo indicaba una faz tristona, de origen humilde y sobre todo de falta de vitalidad.
Seis meses después de su visita a la clínica de belleza Adela se sentía totalmente revivida, aquí no vale la palabra renovada. Había vuelto a nacer con un rostro de mirada dulce y una expresión ligeramente altiva. En una palabra, tenía aspecto de señora. Un día entró en un hotel de la gran ciudad para acudir a una cita con Martín, el galán playboy instructor en el arte de amar. Ella iba aprender todo lo referente a este arte hasta el extremo de enloquecer a su panzudo marido. Recordó lo que le dijo una marquesa: que las esposas pobres conquistaban a sus maridos por su habilidad culinaria pero que las ricas los teníamos que sujetar junto a nosotras por nuestra habilidad en la cama. Adela era astuta, casi lista, y sabía que manteniendo contento en la cama a su rey de los cartones ella podría disfrutar de su fortuna y vivir como una reina... de la vida.
Adela Piñata, 46 años de edad, esposa del millonario Rey de los Cartones, don Luis Machamillas, propietario de una factoría de reciclaje de cajas de cartón, se levantó aquella mañana de mal humor.
A pesar de su riqueza y de su aparente alto nivel de vida quiso borrar de una vez su pasado humilde, pobre, paupérrimo, de cuando era una moza y vivía en el barrio de las cuevas de aquel miserable pueblo serrano. Le costaba trabajo, pues a pesar de saber vestir, hay que confesar que siempre ayudada por su estilista, de ir peinada a la moda y trasladarse por la capital de provincia en un auto conducido por un chófer tenía una cara de pobre que mareaba.
La Clínica de estética Amour era la mejor de la provincia. Allí acudió Adela. El chófer le abrió la puerta del asiento trasero, su coach le dijo una vez que jamás se sentara junto al conductor de ningún coche porque era muy plebeyo. Se apeó del gran coche con soltura, sin enseñar las piernas más que lo preciso a posibles transeúntes mirones y caminando con pasos firmes entró. La estaban esperando.
El doctor Mendoza la recibió con suma cortesía, olía desde lejos el dineral que le iba sacar a esta ricachona. Ambos se sentaron, cada cual a un lado de la mesa. El Dr. Mendoza no tuvo que indagar el objeto de la visita pues era evidente. Pretendía quitarse esa cara de pedigüeña, de mendiga y de pobre de solemnidad, que a modo de careta llevaba pegada al rostro. Tenía unos ojos caídos semicubiertos por unos perezosos párpados. Una nariz respingona y achatada. Unos carrillos gordozuelos típico de las servientas de cocina y un mentón disimulado; todo, todo indicaba una faz tristona, de origen humilde y sobre todo de falta de vitalidad.
Seis meses después de su visita a la clínica de belleza Adela se sentía totalmente revivida, aquí no vale la palabra renovada. Había vuelto a nacer con un rostro de mirada dulce y una expresión ligeramente altiva. En una palabra, tenía aspecto de señora. Un día entró en un hotel de la gran ciudad para acudir a una cita con Martín, el galán playboy instructor en el arte de amar. Ella iba aprender todo lo referente a este arte hasta el extremo de enloquecer a su panzudo marido. Recordó lo que le dijo una marquesa: que las esposas pobres conquistaban a sus maridos por su habilidad culinaria pero que las ricas los teníamos que sujetar junto a nosotras por nuestra habilidad en la cama. Adela era astuta, casi lista, y sabía que manteniendo contento en la cama a su rey de los cartones ella podría disfrutar de su fortuna y vivir como una reina... de la vida.
lunes, 5 de septiembre de 2016
El día de Carlos
El día de Carlos
Carlos fue obsequiado con un magnífico día. Eran las ocho, lucía un sol espléndido y una temperatura suave envolvía su cuerpo. De camino al trabajo, en la calle Arcos, bajo un lujoso coche aparcado junto a la acera, encontró un elegante bolso. Fantaseó ¿conocería a la mujer de su vida cuando devolviera el bolso a su propietaria? Lo abrió para buscar la dirección.
Sucesos del día: "Un paquete bomba estalló esta mañana en la calle Arcos destrozando el cuerpo de un viandante"
Pilar
Pilar se encontraba muy nerviosa, no pudo dormir durante la noche; cuando estaba sumergiéndose en el agradable sopor del sueño la claridad de un nuevo día perturbó su descanso pugnando por colarse a través de los mal ajustados postigos del balcón. Se levantó de la cama, tomó una reconfortante ducha y se arregló como hacía tiempo que no lo hacía.
Pilar salió a la calle y se dirigió al Gran Café. El local estaba decorado con gusto, los colores predominantes eran blanco y naranja pastel. De espaldas a la puerta de entrada a la cafetería un hombre leía el periódico; su chaqueta azul marino y su cabello coquetamente largo y canoso eran su contraseña.
-Buenos días -dijo Pilar con la cortedad de una colegiala
-Buenos días ¿usted es Pilar, supongo? - preguntó el caballero levantándose para estrecharle la mano.
Tras el saludo se sentaron uno frente al otro y se observaron con pudicia. Se oía el silencio hasta que la voz suave del hombre rompió el arrobamiento.
-Lo mejor es hablarnos de tú ¿no le... te parece?
Por supuesto. Si hemos acudido a una cita a ciegas para conocernos debemos romper con todos los convencionalismos.
Deduzco -dijo por comenzar una conversación- que tu eres un habitual de Internet ya que leíste mi post.
-Así es, tengo tiempo de sobra y soy un habitual a este medio social.
-¿Has tenido más entrevistas?
-Para serte sincero he tenido una media docena de citas en este mismo lugar. Pero las señoras que acudían o eran unas frescas o eran unas simples. A ti te veo diferente, tienes un aspecto que me agrada.
-Gracias por tu cumplido. Tu tampoco me caes mal.
-A propósito ¿qué podemos hacer esta mañana?
-Yo pensaba ir al centro comercial para hacer unas compras. Soy una consumidora compulsiva, no tengo remedio.
-Me encanta ir también de compras. Después iremos a comer a un restaurante para después ir al cine si te apetece.
Una idea genial ¿ nos vamos?
-¡Olvidé lo más importante! Mi nombre es Rafael Vilallonga, director de una inmobiliaria y mi edad ¿te la digo?, sí, tengo 46 años. Estoy soltero y sin nada a la vista.
-Ahora me toca a mí. Me llamo Pilar Otaola, maestra recién jubilada. Tengo 62 años recién cumplidos, viuda y sin hijos.
Pilar sentía por todo su cuerpo un hormigueo debido a un temor deconocido y de un deseo carnal que le hacía sentirse viva. Desde que murió su marido, hacía seis años, nunca había estado con un hombre. ¿Qué harían después del cine? ¿Podría a su edad ofrecer un oasis de felicidad entregando su cuerpo a Rafael? ¿Sería capaz de disfrutar de un orgasmo a su edad? ¿Existe un límite de edad y de moralidad para dejarse hacer lo que un extraño quisiera? ¿Dónde lo harían en un hotel, en su casa o en la de él?
Pilar -dijo Rafael con dulzura interrumpiendo sus pensamientos al mismo tiempo que le retiraba la silla donde ella se encontraba sentada- olvidé decirte que soy gay ¿te importa?
Carlos fue obsequiado con un magnífico día. Eran las ocho, lucía un sol espléndido y una temperatura suave envolvía su cuerpo. De camino al trabajo, en la calle Arcos, bajo un lujoso coche aparcado junto a la acera, encontró un elegante bolso. Fantaseó ¿conocería a la mujer de su vida cuando devolviera el bolso a su propietaria? Lo abrió para buscar la dirección.
Sucesos del día: "Un paquete bomba estalló esta mañana en la calle Arcos destrozando el cuerpo de un viandante"
Pilar
Pilar se encontraba muy nerviosa, no pudo dormir durante la noche; cuando estaba sumergiéndose en el agradable sopor del sueño la claridad de un nuevo día perturbó su descanso pugnando por colarse a través de los mal ajustados postigos del balcón. Se levantó de la cama, tomó una reconfortante ducha y se arregló como hacía tiempo que no lo hacía.
Pilar salió a la calle y se dirigió al Gran Café. El local estaba decorado con gusto, los colores predominantes eran blanco y naranja pastel. De espaldas a la puerta de entrada a la cafetería un hombre leía el periódico; su chaqueta azul marino y su cabello coquetamente largo y canoso eran su contraseña.
-Buenos días -dijo Pilar con la cortedad de una colegiala
-Buenos días ¿usted es Pilar, supongo? - preguntó el caballero levantándose para estrecharle la mano.
Tras el saludo se sentaron uno frente al otro y se observaron con pudicia. Se oía el silencio hasta que la voz suave del hombre rompió el arrobamiento.
-Lo mejor es hablarnos de tú ¿no le... te parece?
Por supuesto. Si hemos acudido a una cita a ciegas para conocernos debemos romper con todos los convencionalismos.
Deduzco -dijo por comenzar una conversación- que tu eres un habitual de Internet ya que leíste mi post.
-Así es, tengo tiempo de sobra y soy un habitual a este medio social.
-¿Has tenido más entrevistas?
-Para serte sincero he tenido una media docena de citas en este mismo lugar. Pero las señoras que acudían o eran unas frescas o eran unas simples. A ti te veo diferente, tienes un aspecto que me agrada.
-Gracias por tu cumplido. Tu tampoco me caes mal.
-A propósito ¿qué podemos hacer esta mañana?
-Yo pensaba ir al centro comercial para hacer unas compras. Soy una consumidora compulsiva, no tengo remedio.
-Me encanta ir también de compras. Después iremos a comer a un restaurante para después ir al cine si te apetece.
Una idea genial ¿ nos vamos?
-¡Olvidé lo más importante! Mi nombre es Rafael Vilallonga, director de una inmobiliaria y mi edad ¿te la digo?, sí, tengo 46 años. Estoy soltero y sin nada a la vista.
-Ahora me toca a mí. Me llamo Pilar Otaola, maestra recién jubilada. Tengo 62 años recién cumplidos, viuda y sin hijos.
Pilar sentía por todo su cuerpo un hormigueo debido a un temor deconocido y de un deseo carnal que le hacía sentirse viva. Desde que murió su marido, hacía seis años, nunca había estado con un hombre. ¿Qué harían después del cine? ¿Podría a su edad ofrecer un oasis de felicidad entregando su cuerpo a Rafael? ¿Sería capaz de disfrutar de un orgasmo a su edad? ¿Existe un límite de edad y de moralidad para dejarse hacer lo que un extraño quisiera? ¿Dónde lo harían en un hotel, en su casa o en la de él?
Pilar -dijo Rafael con dulzura interrumpiendo sus pensamientos al mismo tiempo que le retiraba la silla donde ella se encontraba sentada- olvidé decirte que soy gay ¿te importa?
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