lunes, 24 de octubre de 2016

El Libro de Horas de Paco Pérez

El Libro de Horas de Paco López

Adela Casona abandonó  su pueblo, como todas las temporadas, junto con su marido y su hijo Paquito de 5 años de edad. Iban a trabajar de jornaleros a la vendimia francesa. El tren especial iba llenos de andaluces que huían del hambre a buscar un dinero necesario para soportar otro año más con trabajos temporales en las fincas de los terratenientes. Corría 1950. Una década de subdesarrollo y de miseria para la mayoría de los andaluces. 
Adela cuando se enojaba solía decir entre dientes: Amamos la tierra, pero no a los propietarios de ésta.
Pero aquel año fue su año de suerte. Nada más acabar la vendimia al marido de Adela  le ofrecieron un puesto fijo de trabajo en una bodega. Ella ya buscaría trabajo, pero no de sirvienta. Era pobre pero su orgullo le hacía rechazar todo trabajo demasiado servil. Se colocó de limpiadora en un museo. Su hijo iría a una guardería municipal gratis.

Adela llevaba dos años trabajando en el museo cuando le encargaron, junto con otras dos empleadas, que limpiaran a fondo el almacén, que se encontraba en los sótanos del edificio. 
Unas barras de neón mal iluminaban el lugar. Detrás de una estantería y contra la pared Adela vio un pequeño libro que llevaría allí extraviado varios años. Estaba cubierto de polvo y de telarañas aunque no le había afectado el moho. Era un librito muy pequeño. Miró a los lados y bajo una mortecina luz lo abrió y vio uno preciosos dibujos sobre unas hojas muy tiesas, estaba escrito en una lengua muy rara, no era francés porque ella entendía algo. Se levantó la parte delantera de la bata y la falda y lo escondió bajo la faja. Sería un regalo para su hijo Paquito, para el día de su cumpleaños, así se ahorraría unos francos. 

Ramón arrancó la motocicleta para hacer un circuito por carriles y veredas del monte bajo de la sierra. Era su día libre en el trabajo y así se recargaba las pilas, como él decía. Tenía previsto visitar un rodal, casi escondido, de secuoyas gigantes. Estaba algo lejos de casa, pero sería interesante el viaje. Subió una pina cuesta sobre un terreno roto por las lluvias pasadas, debía usar  velocidades cortas de la máquina cosa  que produjo que el agua del radiador  hirviera a borbotones. También fue por su culpa, por olvidar  revisar el nivel del líquido anticongelante antes de salir.
 El camino transcurría por encima de una loma, debajo transcurría el río. Estaba lejos y además no tenía ningún recipiente para recoger el agua. En una curva vio una casa forestal. Paró bajo una inmensa higuera, puso la moto a la sombra, se quitó el casco, los guantes y las coderas y llamó a la puerta de la casa. Nadie contestó. Repitió la llamada y una voz proveniente desde detrás de la casa  ordenó que se acercara.
Un guarda forestal, de unos cuarenta y picos años de edad estaba almorzando.
-Sentí el ruido de la moto antes de subir usted por el repecho - dijo el guarda
-Es que voy a ver las secuoyas que hay en la cabecera del río.
-Siéntese aquí-  señalando una silla sin respaldo- y tome un vaso de vino-costa que le hará entrar en calor.
Hablaron y hablaron hasta que el motorista dijo al guarda que trabajaba como encargado en una librería.
-Entonces usted entiende de libros
-Más o menos. Vivo de ese oficio.
-Le voy enseñar algo y me dice usted cuanto puede costar
El guarda entró en la casa y salió, minutos después, con una caja ajada de cartón. Se la entregó a Ramón y le dijo que la abriera. Envuelto en un trapo blanco había un precioso librito de Horas, de unos 12x6 cm, profusa y preciosamente iluminado sobre vitela, escrito en latín y con tapas de terciopelo azul con unas iniciales doradas. Ramón manoseó el libro, lo hojeó con deleite al mismo tiempo que inventaba un valor, a la baja, para a esa joya.
-Yo le puedo dar unas 30.000 pesetas por este libro - casi balbuceó Ramón por la emoción.
-Si usted es capaz de darme ese dineral es porque vale más. Mire- dijo el guarda socarronamente- si usted me hubiera ofrecido por el libro dos o tres mil pesetas el trato estaba hecho.
Un calor subió desde la barriga hacia el pecho del motorista. Había metido la pata hasta lo indecible.
-Ya no  se lo vendo -dijo el guarda muy serio- cuando vaya a Madrid a ver a mi hermana se lo venderá a un anticuario  por  cien mil pesetas, o eso o nada.

Ramón cariacontecido rellenó  el radiador de agua de un botijo que le dio el guarda,  se despidió del hombre y arrancando prosiguió su ruta. 
 ¡Un Libro de Horas del siglo XV por 100.000 pesetas! ¡Vaya ganga! Pensó mientras aceleraba.

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