domingo, 23 de octubre de 2016

El marido manso

El marido manso

Paca Yebra era muy joven cuando entró a trabajar como dependienta en Zapatería Loli. No era una chica guapa ni fea, era del montón, pero su juventud y lozanía suplía cualquier defecto. Sus 16 años de edad levantó una pasión incontenible en don Antonio, el esposo de doña Dolores, la ama del negocio.
Antonio fue un dependiente del comercio cuyo propietario, padre de doña Lola, escogió para perpetuar la tienda casándole con su única hija, que era semiboba y también un poco afásica. 
Lola, Loli o doña Lola era un ser  avaricioso; su único objetivo en la vida era vender zapatos y aumentar sus ingresos en la caja de ahorros. Era tan gorda que apenas podía arrastrar sus 120 kg. de existencia y además olía mal, por las mañanas a sebo rancio de cordero y por las tardes a pescado en descomposición dentro de  un radio de tres metros. 
Su marido, el exempleado servil y fiel, ahora copropietario  del negocio se creía un señor con derecho a pernada, holgando con la chica cada vez que le venía en ganas.
 Antonio era un ser repulsivo que a sus 50 años aparentaba  a un viejo casposo de más edad; era delgado y desgarbado, los cabellos lacios y pelirrojos y sus ojos, descoloridos, semejaban dos ostras putrefactas. Por otra parte, Paca sabía que si no se dejaba folgar por este adefesio perdería el trabajo que con su menguado salario sostenía, más que ayudaba, a su pobre y mísera familia que vivía en la zona de las chozas, la parte más deprimida del pueblo. 

El sátiro de don Antonio, cuando estaba aburrido o le apetecía, ordenaba a Paca para que subiera con él al almacén, que estaba en la tercera planta, para "arreglar" las cajas de zapatos. Ellos sabían que la oronda doña Lola nunca subiría allí debido a su enorme porte y a su vagancia congénita.

Don Antonio, una vez en un estado mental de reposo sexual, pensó que tenía que controlar su pasión enfermiza por Paca. Reconocía que todo su prestigio como un honesto y respetado ciudadano, secretario local del movimiento, hermano mayor de la cofradía de San Felipe y teniente de alcalde se podía venir abajo si dejara, por un descuido, preñada a la niña, como él la llamaba en la intimidad. Por lo tanto sugirió a Paca que se casara con el primer patán que se  pusiera a tiro.

Paca tenía un vecino recién licenciado del servicio militar obligatorio y que la miraba con ojos de chivo en celos cada vez que ella pasaba frente a su casa. Los encantos de una chica joven bien expuestos más la inexperiencia del mozo en materia de mujeres fueron los ingredientes necesarios para que el pobre desgraciado cayera en las redes  de la chica. Cuando el vecino probó el placer sexual que ella le regaló imaginó que aquello era único, que solo ella sería capaz de ofrecer. Así que a los dos meses se casó con Paca para asegurar ese deleite.

Al mes de estar Paca casada con el destripaterrones quedó embarazada para dar luz, meses después, a una niña flacucha, renegrida y de rostro simiesco: un brote biológico de dos seres nacidos y crecidos en pleno subdesarrollo de la posguerra.

Don Antonio durante los siete primeros meses del embarazo de Paca disfrutó haciendo el amor con una libertad impensable; ya no tenía miedo de dejarle embarazada. Aquello era gloria bendita. El paroxismo del que él disfrutaba no pudo contenerse hasta que don Antonio dejó preñada a Paca antes de terminar la cuarentena. 
Paca Yebre, esta vez,  parió una niña regordeta, de piel lechosa, cabellos color panocha y ojos claros. Un año después la naturaleza demostró que la niña  era un sosia de don Antonio.

El marido de Paca, aparte de ser un manso que soportaba bien las astas impuestas por el jefe de su mujer, era un tonto del haba que nunca notó las diferencias morfológicas entres sus dos hijas, una, la mayor, la suya,  a los siete años de edad era delgada, tenía cara de quinqui, era de piel renegrina y poseía una notable mirada de mala uva  mientras que la pequeña, de seis años era bajita, regordeta, con  cabellos melguizos, ojos claros y mirada de panadera.

A principio de los años 60 la gente del pueblo pudo salir de aquel lugar huyendo del hambre y de las humillaciones que la gente baja, los pobres, como se decía antes, sufrían a diario marchando a Alemania o a Barcelona a buscarse la vida.
 Paca Yebra  con algo más de 30 años de edad, con un marido estúpido, dos hijas innecesarias y un amante cercano a los setenta años de edad,  indujo a su marido a cambiar de aires. Así hicieron. El menso y el manso del marido de Paca nunca supo ¿o no quiso saber?  los motivos de la huída a Munich de toda la familia, ni menos aún que durante años mantuvo a una hija que no fue engendrada por él aunque todo el pueblo conociera la historia que hubo entre el rijoso don Antonio y su empleada Paca. 

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