Mi vida sin recuerdos
Me llamo Fernando, tengo 82 años de edad y soy un farmacéutico jubilado residente en el Centro Geriátrico Santa Ana. Acabo de sentarme frente a la máquina de escribir ruidosa compañera de mi senectud desde el momento que me dediqué, por el mero placer de escribir, a ejercer como corresponsal de mi pueblo.
Creo que estoy capacitado para participar en un concurso literario de relatos breves que organiza esta año el Centro geriátrico entre sus residentes. El tema único será aquellos recuerdos más significativos de nuestras vidas, desde que éramos unos jovenzuelos hasta la actualidad, ahora retirados por nuestras familias en este elegante pero al fin y al cabo asilo de ancianos.
Ajusto los márgenes, enciendo un cigarrillo (no debe usted fumar a su edad, me aconseja el médico, al carajo todo, contesto yo mentalmente) y miro a través de los cristales de la ventana como intentando buscar con la vista, entre los arbustos del jardín, a un imaginario apuntador que ayude a encontrar en mi cerebro qué tipos de recuerdos importantes tuve durante mi inútil existencia.
Desde hace un tiempo siento dolor de cabeza cuando pienso, ahora más cuando intento recordar y buscar en mi memoria algún motivo agradable digno de ser narrado. Lo curioso es que cada vez que rebusco en mi pasado sale otras imágenes sobre impresas a las mías, siendo mi ex-empleado el protagonista, aquel mancebo que trabajó en mi farmacia (entonces era mi padre el titular) desde que era un adolescente.
Recuerdo que cuando yo estudiaba el bachillerato, Paquito, el joven mancebo y chico de los recados, mostraba una vitalidad diferente a la mía. Lo primero que hacía Paquito, a sus treces años de edad, cuando salía de la farmacia para llevar algún pedido a los clientes, era escupir en el suelo, palparse los bajos del pantalón y encender un cigarrillo. Señales evidente de su hombría.
Con las propinas de los recados Paco compraba pasteles que compartía conmigo cuando le acompañaba en sus correrías por la ciudad. Me molestaba que el empleado convidara al hijo del dueño del negocio, pero era que él siempre llevaba más calderilla en los bolsillos que yo.
Cuando por fin me licencié me hice cargo de la oficina de farmacia ya que mi padre estaba deseando soltar el negocio para dedicarse a su afición favorita, hacer fotografía de todos los pueblos de la provincia.
Reconozco ahora, interno en este antro de ancianos, que siempre fui un cobarde, un inane que hacia lo que me ordenaban. Aparte de ser un hombre extremadamente aburrido. Sin embargo Paco, el espabilado mancebo, era guapo y vivía una vida mucho más intensa que la mía. Se casó muy joven con una antigua novia de juventud, pero la dejó porque, según él, se aburría en la cama con ella. Tras la separación, y a los pocos meses, se juntó (entonces se decía amancebó) con una hembra de rompe y rasga. Tenía un cuerpo tan voluptuoso como el de Mae West y Sofía Loren, que eran las artistas de cine que más nos provocaban. Hay que reconocer que Paco era mejor que yo en todo: era alto, muy guapo a sus treinta años de edad y además vestía con esa elegancia barriobajera que tanto gusta a ciertas mujeres. Era extremadamente simpático y muy locuaz. Yo, por el contrario era bajito, panzón, disléxico y más tonto que Abundio; todo me daba miedo, todo era malo, todo estaba prohibido para mí.
Mi mujer, me casé por imperativo familiar con mi prima segunda, tenía cara de muñeca antigua de porcelana, era de culo plano y tetitas desvaídas. Un asquito de mujer, pero a pesar de todo fue capaz de darme dos hijos, dos engendros de niños.
Decía Margarita que Paco la miraba con ojos lascivo. Yo entonces la miraba y sonreía pensando que más quisiera ella que se fijara en su figura desgarbada.
¿Pero como pude ser tan estúpido para no ser capaz de encontrar mi felicidad? Mi único objetivo como boticario era ganar dinero para reformar la farmacia cada cierto tiempo.
Pero el gran problema de hallé esta residencia de viejos era encontrar de vez en cuando, en el patio o en los jardincillos, a Paco que también está aquí ingresado, pero el el ala de los pobres. De todas formas cuando nos veíamos de vez en cuando, Paco todavía tieso a sus 84 años, me palmeaba la espalda y me decía: "Boticario, que nunca supiste atrapar el lado bueno de la vida".
Llevaba razón Paco. Toda mi visa ha sido un fiasco, todos me tomaron el pelo, todos mandaban en mí, desde mi padre hasta mis profesores pasando por aquellos otros que se aprovecharon de mi condición de mendrugo.
Tengo que aprovechar lo que me queda de vida, a la porra las prohibiciones de fumar y beber, fumo y bebo a escondida, lo que me sale del alma. Se acabaron las represiones. Reconozco que ya es tarde y que es imposible recuperar el tiempo perdido para poder desquitarme de aquella horrible y obscena vida que llevé.
No se lo que me pasa, soy incapaz de teclear unas palabras seguidas sobre el folio preparado en la máquina. No me fluyen las ideas; ignoro qué poner en este trozo de papel ¿tan vacía tengo la mente? No, es lo que más recuerdo de mi niñez. Niño no hagas esto que es pecado; la felicidad no está en este mundo sino en el cielo; no desees a mujeres porque irás al infierno. No comas en exceso, no bebas, no forniques, no te toques, no, no. Esas malditas negaciones marcaron para siempre mi existencia. Sin embargo Paco vivía a tope. Desde los 16 años de edad era asiduo a las casas de putas, bebía como un cosaco y siempre tenía en el bolsillo dinero para sus caprichos.
Lo que más envidiaba de Paco era a su hembra, como a él gustaba llamarla. ¿Ha llegado mi hembra? me preguntaba. Todavía la veo, alta, bella a rabiar con curvas muy pronunciadas, descarada al máximo. Me miraba con insidia como diciendo: me verás pero no me catarás. Me volvía loco la muy zorra. Qué decir cuando vestía aquella falda ajustada, color verde esmeralda, que le marcaba todo el cuerpo y las líneas de las costuras de su mínima ropa interior. Aquello era demasiado. Mientras que la hembra, en realidad nunca supe su nombre, esperaba que su hombre, Paco, se quitara la bata y se repeinara antes de salir del trabajo yo la contemplaba con cierto disimulo y ella, al darse cuenta, se deleitaba.
En mi vejez rememoro lo vivido con nostalgia y con rabia. Intento escribir de una vez por todas y curiosamente me viene a las mientes aquellas nefastas relaciones sexuales con mi esposa. Todas fueron experiencias calamitosas. Era frígida y hacía el amor como si se lavara los dientes, por pura rutina, Sin exhalar un suspiro de placer, ni un ay ni un oh. Sin apenas alterar su respiración.
¡Qué noches de terror con ella en la cama! Para colmo mi esposa padecía de histeria mística. Acostumbraba antes del coito echar unas gotas de agua bendita en la cama, para engendrar santitos. Pero que torpeza haciendo el amor. La verdad era que ninguno de los dos teníamos experiencia coital ni menos aún fantasías eróticas. Eramos un par de cretinos practicando un determinado ejercicio gimnástico.
Margarita debajo de mí con cara de sufrimiento, con los ojos fijos en la lámpara que colgaba del techo del dormitorio y alentándome para que acabara pronto, que tenía que madrugar para ir al ropero de la parroquia y repartir ropa usada entre los pobres de los barrios suburbiales.
Son las tres y media de la madrugada. Me encuentro en mi dormitorio individual intentando escribir algo. Me he bebido casi media botella de brandy y fumado un paquete de cigarrillos, siento palpitar mis sienes. Me perturba este silencio en la madrugada. No se oyen los susurros de las enfermeras, ni la música cansina del hilo musical, ni el arrastrar de las zapatillas de los viejos sobre el parquet. Silencio y soledad ¿un preámbulo de la muerte? Mi mirada se fija en el exterior de la habitación y veo unas faroles en el jardín que lucen débilmente sobre el césped, como en una película de Hitchcock. Me quedo absorto viendo la escena. No reacciono, me encuentro como alelado.
La histeria mística de Margarita contaminó también mi existencia. Durante nuestro matrimonio sufrí un hartazgo de religiosidad debido a que ella era miembro de un ala radical de la iglesia. Unos fundamentalistas que nos lavaron a los dos el cerebro. Sobre todo a ella, que era en realidad una débil mental. Lo que más me pesó de aquella etapa de mi vida era la pasión amorosa insatisfecha que padecí. Mientras yo intentaba hacer el amor con la pavisosa de mi esposa pensaba en el cuerpo pecador y lascivo de la hembra de Paco. ¿Como se portaría en la cama? ¿Qué fantasías llevarían a cabo entre el putañero de Paco y su pareja?
Mientras, yo me comportaba como un idiota intentando vivir una vida santificada, según mis directores espirituales. Aunque yo salía a fornicación onírica por noche pensando en la hembra de mi empleado.
Una tarde que fue la mujer de Paco a recogerle a la farmacia me fijé en sus muslos tersos y hermosos que dejaba entrever estando ella sentada con las piernas cruzadas. Aquello si era una visión mística y no las majaderías que contaban los predicadores. Fue demasiado. Cuando llegué a casa, con los chicos ya acostados insinué a Margarita que deberíamos hacer uso del matrimonio esa noche, un eufemismo que me permitía solicitar, dos o tres veces al mes, cada vez que yo sentía la llamada de la naturaleza.
Allí en la cama, junto a ella, me imaginaba que estaba junto a la explosiva hembra de Paco y con un gran esfuerzo superponía la imagen de la figura de la amante del mancebo sobre el flácido cuerpo de mi esposa Margarita. Siempre fallaba el experimento cuando tocaba el móbido y enjuto cuerpo de ella.
¡Por todos los santos del cielo! Qué noche estoy pasando hoy intentando recordar algo positivo de mi vida. Estoy borracho, no cabe duda, al carajo el concurso de literatura entre los viejos de la residencia. Que los zurzan a todos. Tampoco estoy tan borracho para no darme cuenta que estoy sentado sobre la moqueta empapada de mis propios orines y resto de brandy derramado ¿Qué me pueden hacer, me castigaran las enfermeras como cuando iba al colegio? Voy hacer un esfuerzo final para demostrar que ese fétido hedor agrio que se evapora desde el suelo y que penetra en mis fosas nasales no evitará que pueda escribir al menos unas líneas que justifiquen esta larga vela,
¿Qué me pasa? Miro mi mano derecha y veo que tengo cinco dedos; giro lentamente mi cabeza y veo que en la mano izquierda también tengo cinco dedos. ¿Y eso qué es? Parece ser un leve resplandor que del exterior pretende colarse en mi habitación para anunciar el comienzo de un nuevo día. Ya es demasiado tarde, intentaré levantarme del suelo, tengo que escribir algo sobre el folio que está en la máquina.
¿Donde está la tecla de la C ? Aquí la veo y la tecla de la R, por aquí arriba. A ver lo que he escrito: Cretino. Lo que siempre fui en la vida.
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