martes, 20 de septiembre de 2016

Degeneratum

Degeneratum 

Cuando encontré los folios encuadernados y mecanografiados con el relato de una novela de Paula, lluvias de recuerdos me inundaron. "Es útil -dice Paula en su escrito- imaginar que uno se enamore por una correspondencia espiritual o intelectual; el amor es el incendio de dos almas empeñadas en crecer y manifestarse independientemente. El objeto amado no es sino aquel que ha compartido simultáneamente una experiencia; y el deseo de estar junto al objeto amado no responde al anhelo de poseerlo, sino al de dos experiencias que se comparen mutuamente, como imágenes de espejos diferentes. Todo ello puede preceder a la primera mirada, al primer beso o acto de amor".

No pude evitar recordar mi frustración amorosa con la autora de esta novela, cuando ella tenía más de 40 años de edad y yo apenas 20 años recién cumplidos. Una diferencia en el espacio más que el tiempo que no fue obstáculo alguno para que yo me enamorara perdidamente  de Paula. Un amor no correspondido. Ella se enfadaba cuando yo le insinuaba una pasión encubierta por un cierto afecto familiar ya que éramos primos hermanos. Ella, tan puritana, me decía que esa deseada relación amorosa era un pecado mortal.
En aquel tiempo Paula trabajaba en Madrid en la oficina de una compañía de seguros aunque su verdadera pasión era poder ser una escritora. Debo aclarar que a pesar de su indudable belleza, exquisito porte y educación esmerada nunca tuvo novio. Me decía con tristeza: "Primo, en verdad, todos buscan lo mismo de mí".

Ahora, al cabo de veinte años del amor imposible con mi prima, recordé con nostalgia aquella aventura que pretendía mantener con ella, tan distante, tan hermosa, tan difícil.

Vuelvo a hojear el original de la novela de Paula y leo: "Desde entonces yo no había podido obtener ninguna satisfacción en el amor, a menos que reviviera mentalmente la escena imaginaria con un hombre imaginario y volviera a representarla. Desde luego que tuve amantes secretos, tan secretos que nadie lo sospechaba. Así, para mí, para mis amantes eran tan solo sustitutos mentales de mi primer amor que fue mi primo Alfredo. Reconozco que yo podría padecer una anemia imaginaria, pues no conseguía poseer plenamente a nadie en la carne. No podía apropiarme del amor que tanto necesitaba".

Acaricié las hojas leídas y saboreé el recuerdo  que aún tenía de mi prima. 
-¿Qué aspecto tendrá ahora Paula a sus sesenta y tantos años? La fatalidad a veces puede ofrecer sorpresas como cuando recibí la invitación a la boda de ¡Paula!
 La tarjeta que recibí no era una de esas clásicas con un dibujo de dos anillos entrelazados y un mensaje estereotipado, sino el irregular recorte de una cartulina escrita por Paula con un rotulador color malva que decía: "A mi querido primo Alfredo. El hombre con quien me caso es bueno, si por bueno se entiende a un simple mental, un ser inane y temeroso de las personas más poderosas que él. Se llama Carlos y es el hijo único y el heredero del cacique más rico del pueblo. Sé que si me caso con él tendré resuelto todos mis problemas económicos ya que me asquea levantarme cada día y pensar qué tengo que hacer para poder seguir viviendo. Por favor, Alfredo, asiste a mi boda. Me encantaría poder verte antes de sumergirme en la mediocridad de la vida que me espera".

Desde luego que  sentí una gran curiosidad por ver a mi prima después de más de veinte años. Dicen que las mujeres bellas conservan sus encantos pese a su edad, cosa que dudo, pero lo comprobaré. El culto a la belleza y al placer que ella siempre profesó, las pequeñas vanidades, la preocupación por el juicio de quienes eran inferiores a ella y esa elegante arrogancia que la hacía tan distante  ¿Habría perdido todas esas "virtudes" viviendo entre aldeanos?

No encontré ningún problema para realizar el viaje a aquel mísero pueblo castellano donde ahora vivía Paula. Como yo vivía en Málaga mi mujer me dijo que no se le apetecía hacer tan largo viaje para nada en particular. Mejor para mí. Iría solo, así, viajando en el tren me daría tiempo de leer todo el mamotreto de la novela mecanografiada de Paula. Después de hacer trasbordo en Madrid tomé un tren que me dejó en una desolada estación en medio de la nada. Alquilé un taxi que me dejó frente la puerta de un café ya que era muy temprano para visitar a Paula que vivía en un arruinado palacio con nuestra tía Teodora.
En el bar me senté en una silla junto a una mesa cercana a la ventana que daba a la calle. Miré al exterior mientras me preparaban el café. Mi mente divagó por imaginarias aventuras eróticas que podría haber practicado con mi prima cuando ambos vivíamos en Madrid. Seguía pensando, algo excitado con esas posibilidades mientras que mi mirada se posó en unos gorriones que escarbaban entre los restos de pipas de girasol que alguien había arrojado bajo un banco situado junto a un enorme nogal. Los pájaros levantaron el vuelo cuando una mujer vestido de luto pasó junto a ellos portando dos garrafas de plástico llenas de agua. Salí de este peculiar trance cuando el tabernero puso la taza sobre la mesa y preguntó con voz destemplada que si quería algo más. No gracias- contesté- aunque añadí si podría decirme donde se encontraba la Casa Grande, que era el nombre que recibía el vetusto palacio de mi tía.
Llegué a la imponente fachada de estilo casi renacentista; me acerqué al portón que estaba cerrado y llamé dos veces usando una mano de bronce que parecía salir del interior del panel negro de la gran puerta de dos hojas. Pasaron unos segundos. Pude oír unos pasos que se arrastraban por el interior de la casa hacia el portón. Un chirrido de hierros sin engrasar del cerrojo fue el preámbulo antes de abrirse la puerta. La cabeza de una anciana criada que llevaba una cofia ladeada sobre la cabeza y un uniforme descolorido que sería antes de color negro o azul marino me preguntó que qué quería. 
-Soy Alfredo Buendía, el sobrino de la señora condesa.
-Ah, el primo de la señorita Paula. Pase usted que le están esperando desde ayer.
Seguí el lento caminar de la anciana sirvienta que me guiaba por un largo pasillo hacia una de las tres salas de recibir que tenía la casona en la planta baja.
-Espere un momento -dijo la criada mientras  golpeaba suavemente la puerta.
Una voz desde el interior ordenó ¡adelante! La criada entró antes que yo y me anunció: Don Alfredo Buendía, su sobrino.
Otra anciana, tan vieja como la criada, estaba sentada en una mecedora, levantó la vista lentamente, se cambió las gafas y me dijo: No te reconozco ¿cómo se llamaba tu padre? Contesté que era el hijo de su marido, don Alfonso Buendía.
-Ya caigo, aquel sinvergüenza que os arruinó a todos con el juego y las putas. ¡Menudo elemento era tu padre!
-Ven siéntate a mi lado, sobrino. Paula bajará dentro de un momento, se está probando con la modista para que le ajuste el vestido de novia. Un traje de chaqueta que compramos en la ciudad .
Te preguntarás cómo tu prima, una Buendía, se va a casar con un patán. No, no me repliques. Te explicaré. Debemos reconocer que Paula tiene más de sesenta años y está... muy estropeada: ha pasado muchas penalidades. No supo soportar la pobreza cuando a la muerte de su padre no heredó nada, sólo deudas. Afortunadamente el muy imbécil se pegó un tiro en la cabeza cuando se vio en la ruina. 
Mi tía hizo una pausa en su relato, bebió un poco de agua y cuando iba a retomar su explicación sentimos un leve carraspeo que provenía de la puerta de entrada al salón. 
Una silueta se dibujaba en el umbral de la puerta. Un contraluz muy forzado mostraba a una mujer con un grotesco peinado que descansaba sobre unos hombros caídos muchos más estrechos que sus enormes caderas que intentaba disimular con una larga falda de ancho vuelo.
-Por fin se ha dignado mi primo Alfredo venir a mi boda- dijo Paula con una bella y cálida voz. Lo único que le quedaba bonito.
Indudablemente era mi prima, aquella de la que enamoré en Madrid. Su silueta tomó un volumen tridimensional cuando se acercó a nosotros. Yo me levanté pasa darle dos besos de saludo. Su cuerpo ni olía bien ni mal, olía a desesperación.
-¿Cómo estás, Paula? le pregunté por cortesía
-Vaya, vaya, el famoso editor en mi casa - dijo a modo de contestación.
-Me alegro de verte, estás... - no me dejó concluir el cumplido.
-Sí, más gorda y con aspecto de matrona, ya lo sé - dijo Paula con sorna.
-Todos cambiamos con la edad. Hace más de veinte años que no nos vemos.
-No seas indulgente conmigo. Tú sí tienes un aspecto genial, incluso aseguraría que estás mejor que cuando tenías veinte años de edad.  
-¡Dejaros de cumplidos!- gritó tía Teodora. Adela, avisa a la tata para que acompañe a tu primo a sus habitaciones.
Fui instalado en uno de los dormitorios de la planta principal de la casa que comunicaba con un enorme y destartalado cuarto de baño cuya cisterna goteaba constantemente. La habitación que me asignaron olía a humedad, a sacristía, a bodega mal ventilada. Tenía un techo tan alto que la luz que entraba por los postigos del balcón apenas lo podía iluminar. Decoraba la estancia unos grandes muebles de nogal y unas pesadas cortinas de terciopelo rojo oscuro, muy desgastadas, haciendo juego con la colcha que cubría mi cama.

Me senté sobre la cama y encendí un pitillo. No podía quitarme de la cabeza como mi exquisita prima Paula fue atacada por una obesidad tan acusada que la deformaba por completo,  debido, supuse, a una ingesta desordenadas de alimentos para atenuar un rosario de depresiones provocadas por su calamitosa situación social y económica.  Lo peor de todo era que había perdido su belleza: la cara se le había apergaminado, sus labios eran dos líneas rectas y un horrible peinado pueblerino enmarcaba un renegrido rostro de piel áspera. 

A la hora de la cena bajé al comedor. Iba vestido para la ocasión, una costumbre que en la Casa Grande no se había perdido a pesar de la pobreza. En una larga mesa ya se encontraban sentadas mi tía y Paula en ambos extremos de la misma. El centro me lo habían reservado. 
La anciana criada sirvió el caldo en una enorme sopera por cuya tapa mal ajustada se escapaba el vapor. Tía Teodora movía la sopa sin hacer ruido con una cuchara de plata desgastada por el uso. Paula, inmóvil, me miraba fijamente. Callada, pensativa; se encontraba como petrificada. La luz eléctrica cenital le daba una aspecto casi de bruja.  Estaba fea a rabiar. Yo me encontraba muy incómodo y terminé de cenar rápidamente para, tras una excusa mal urdida, retirarme a mi dormitorio. 

Acostado sobre mi descomunal e incómoda cama pensé que por mi parte fue un error asistir a la boda de Paula. No tenía sentido aquella parodia. Esta mujer no era aquella Paula que yo  había amado en mi juventud. Se había convertido en una degeneración, en el degeneratum de un ser humano. 

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