miércoles, 16 de noviembre de 2016

El Jaco

El Jaco

El furgón de la cárcel del Condado paró frente al portón de la enorme y destartalada mansión conocido como Mama Mary. Cuatro carceleros-guardianes armados con escopetas bajaron de la parte trasera del vehículo. Tras ellos un hombrón enorme con cara de subnormal y atados de pies y manos con cadenas y grilletes y escoltado por otros tres cancerberos armados de porras eléctrica miraban a los lados con curiosidad que parecía haber reconocido el lugar.

José Viñas, alias el Jaco, era un norteamericano de origen hispano con una estatura de casi 1'90 , un peso de unos 160 kilos y una fuerza descomunal e incontrolable debido a su mente retrasada; pensaba y actuaba como un niño de 12 años dentro de un fornido cuerpo de 34 años de edad. 

El portón se abrió y apareció una frágil dama de unos 75 años de edad seguido de un jovenzuelo con cara de rufián. El Jaco borró con esfuerzo su hosquedad y dibujó en sus labios una tímida sonrisa. Mama Mary, que así se llamaba la señora, se acercó a él y este se agachó para ser besado en la frente. Segundo después Mama Mary ordenó a los carceleros que le entregaran las llaves de las esposas y grilletes y cogiendo por el faldón de la camisa al Jaco  lo haló al interior de los jardines de la residencia. Nada más traspasar la puerta, Mama Mary quitó las ataduras al hombrón y este de alegría la tomó en sus brazos, la levantó del suelo para besarla en ambas mejillas y decirle con admiración: Mi Mama Mary. Después dejó a la señora con suavidad sobre el suelo y giró la cabeza hacia donde estaban los siete sabuesos. Estos al ver al Jaco sin cadenas retrocedieron de pánico un paso, entonces Mama Mary tomó de la mano al gigante y subieron por la vereda hacia la mansión.

Mama Mary, Mary Elisabeth Woolterz era la viuda de uno de los hombres más ricos de Arizona. Al quedarse viuda y sin hijos se dedicó a ayudar a todos los niños extraviados del condado. En la época de la gran depresión alojó en su mansión a diez familia de las más pobres del cercano pueblo. "El pan hay que ganarlo" era el  lema de Mama Mary. Montó una carpintería para fabricar  muebles donde todos los residentes de la casona tenían que trabajar su jornada laboral, a veces incluso la propia señora iba a lijar en basto sillas y mesas de madera de pino.

En la mansión no existían cerraduras, incluso el gran y anticuado bolso de charol negro de Mama Mary, que contenía todo el dinero  de la casa, colgaba de un percha en el recibidor. Jamás tocaron el dinero allí guardado en los casi cuarenta años de existencia de la residencia. 

La cárcel del condado era pequeña y tenía poco personal cualificado, casi todos los guardas eran personas mayores y temerosas del gigante Jaco. Pidieron el traslado de este delincuente, que cumplía condena por apalear en plena calle a tres policías, a una prisión federal pero la calamitosa situación económica y la saturación de las cárceles americanas en aquellos difíciles tiempos hacían imposible dicho cambio carcelario. El director de la cárcel pudo tener un permiso especial para trasladar al peligroso preso a la residencia de Mama Mary, lugar donde este se crió desde que tenía cinco años hasta que le dio manía de ver mundos, como él decía.  

José Viñas, alias el Jaco, tras ducharse y vestirse con ropa limpia bajó al comedor comunal donde desayunaban una docena de pillastres y Mama Mary. Antes de sentarse el gigante se acercó a la dama, le sonrió deseándole los buenos días y le dio un beso en la frente. No te ha secado bien la cabeza, hijo mío -le dijo la señora dulcemente. Es que tenía prisa para bajar a tiempo. Estás en tu casa y aquí puedes hacer lo que quieras.
El Jaco, con dificultad, procesó la información recibida tan de mañana y comprendió, en sus pocas luces, que Mama Mary era la única persona que merecía vivir en esta vida.

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