martes, 6 de septiembre de 2016

La mujer que tenía cara de pobre

La mujer que tenía cara de pobre 

Adela Piñata, 46 años de edad, esposa del millonario Rey de los Cartones, don Luis Machamillas, propietario de una factoría de reciclaje de cajas de cartón, se levantó aquella mañana de mal humor.
A pesar de su riqueza y de su aparente alto nivel de vida quiso borrar de una vez su pasado humilde, pobre, paupérrimo, de cuando era una moza y vivía en el barrio de las cuevas de aquel miserable pueblo serrano. Le costaba trabajo, pues a pesar de saber vestir,  hay que confesar que siempre  ayudada por su estilista, de ir peinada a la moda y trasladarse por la capital de provincia en un auto conducido por un chófer tenía una cara de pobre que  mareaba. 
La Clínica de estética Amour era la mejor de la provincia. Allí acudió Adela. El chófer le abrió la puerta del asiento trasero, su coach le dijo una vez que jamás se sentara junto al conductor de ningún coche porque era muy plebeyo. Se apeó del gran coche con soltura, sin enseñar las piernas más que lo preciso a posibles transeúntes mirones y caminando con pasos firmes entró. La estaban esperando. 
El doctor Mendoza la recibió con suma cortesía, olía desde lejos el dineral que le iba sacar a esta ricachona. Ambos se sentaron, cada cual a un lado de la mesa. El Dr. Mendoza no tuvo que indagar el objeto de la visita pues era evidente. Pretendía quitarse esa cara de pedigüeña, de mendiga y de pobre  de solemnidad,  que a modo de careta llevaba pegada al rostro. Tenía unos ojos caídos semicubiertos por unos perezosos párpados. Una nariz respingona y achatada. Unos carrillos gordozuelos típico de las servientas de cocina y un mentón  disimulado; todo, todo indicaba una faz tristona, de origen humilde y sobre todo de falta de vitalidad.
Seis meses después de su visita a la clínica de belleza Adela se sentía totalmente revivida, aquí no vale la palabra renovada. Había vuelto a nacer con un rostro de mirada dulce y una expresión ligeramente altiva. En una palabra, tenía aspecto de señora.  Un día entró en un hotel de la gran ciudad para acudir a una cita  con Martín, el galán playboy instructor en el arte de amar. Ella iba aprender todo lo referente a este arte hasta el extremo de enloquecer a su panzudo marido. Recordó lo que le dijo una marquesa: que las esposas pobres conquistaban a sus maridos por su habilidad culinaria pero que las ricas los teníamos que sujetar junto a nosotras por nuestra habilidad en la cama. Adela era astuta, casi lista, y sabía que manteniendo contento en la cama a su rey de los cartones ella podría disfrutar de su fortuna y vivir como una reina... de la vida.  

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