Los caracoles
-¿Cómo está hoy papá? -preguntó Luisa a su madre. Juana contestó con tristeza que solo se había bebido tres vasos de vino al levantarse de la cama, cuatro vasos al mediodía y tres durante la cena.
A este paso nunca podremos prepararlo- se quejó la madre.
Luisa entró en la salita de estar y encontró a su padre arrojado sobre el sofá, se encontraba todo desmadejado, como un pijama relleno de hombre.
El padre sostenía el mando a distancia del televisor con ambas manos y su mirada era boba, distante, absurda. Entonces el hombre hizo un esfuerzo para volver la cara y saludó a la hija con un lacónico hola. Después balbuceó unas palabras para quejarse de su mala suerte. Luisa le dijo que era un quejica y que no tenía paciencia, Que esperara y todo saldría como estaba planeado.
Luisa salió de la habitación que apestaba a vinazo y a sudor y se dirigió a la cocina donde su madre preparaba la cena.
-Lo que pasa es que tu padre es un miedoso; todo le asusta, no tiene visión de futuro.
Seis meses después.
-¿Cómo está hoy papá? - preguntó la hija a la madre cuando regresó del trabajo. Juana saltó de alegría y explicó que gracias a Dios ya había reaccionado al tratamiento. Tu padre -explicó Juana excitada- bajó a la calle borracho como una cuba, desde la ventana oí un frenazo y alguien gritó: "¡borracho, mira por donde andas!" Me asomé y lo vi sentado en el bordillo de la acera, cabizbajo mientras un guardia intentaba hablar con él.
-Por fin dio nuestro plan resultado - dijo la hija con admiración.
-Déjame que te cuente, un guardia subió a tu padre a casa, lo traía agarrado por un brazo y me dijo que en breve recibiría una visita de un agente social del ayuntamiento.
A los dos días del suceso Juan fue internado en una clínica de Alcohólicos Homónimos. Su hija y esposa lo visitaban una vez cada semana. Lo animaban y le recordaban que nunca olvidara el plan, que hiciese caso a sus cuidadores y se portara servilmente con los médicos y los educadores sociales.
El enfermo mostró un interés extraordinario para recuperarse. Al cabo de unos meses pudo pasar a la fase final del tratamiento: Asimilación laboral. La entidad le buscó un empleo adecuado a su edad y a su formación para demostrar a la opinión pública que cualquier borracho, con la ayuda imprescindible de Alcohólicos Homónimos, podía salir de su infierno.
Un año después.
-¿Cómo está hoy papá? - preguntó Luisa a su madre mientras se quitaba el abrigo.
-Estupendamente. esta mañana me llamó del trabajo para decirme que está muy contento.
-Hay que reconocer, mamá, que el empleo que ahora tiene es mucho mejor que el que tenía de chapista antes de echarlo del taller.
-¿Sabes que me dijo tu padre ayer mientras se desayunaba? Que tú valías mucho, que eras muy inteligente, que gracias a ti hoy se sentía un hombre completo y que si tú hubieses querido podrías haber sido una buena política ya que posees el don de engañar con estilo.
-Mamá ¿recuerdas aquello que nos decía la abuela? Lo que la miseria puede crear es miedo y cretinismo o por el contrario, rebelión y espabilamiento. Yo opté por esto último. Cuando vi la calamitosa situación de papá, sin trabajo a sus 56 años de edad y deprimido se me caía el alma. Entonces pensé que en España hay centenares de ONG deseosa de acoger a almas y cuerpos descarriados para reintegrarlo a la vida normal. Así que decidí que había que estigmatizarlo con algo que el orden establecido rechazara para después ser recuperado y reeducado y por consiguiente tuviera la ONG que buscarle forzosamente un empleo para justificar su labor total. Y salió todo bien, tal como yo había planeado.
-El caso es que tu padre -comentó Juana mientras se apretaba el sujetador antes de batir los huevos para la tortilla- ha conseguido su objetivo y además sin faltarle ningún trozo de su cuerpo, no como el tonto del vecino del tercero que aterrorizado porque le iban a echar del trabajo se amputó una mano para que le quedara una paga de por vida.
-Mamá, no hay que criticar. La vida es como un saco lleno de caracoles, que cada uno de ellos saca sus cuernos por donde puede.
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