El doctor
Siempre me costó trabajo comprender la personalidad del doctor. Era un hombre extremadamente reservado. La gente decía de él que poseía poderes sobrenaturales. Cosa que nunca creí ya que mi alma pragmática se encontraba encallecida a mis sesenta años de edad y se había hecho refractaria a todas las entelequias y dogmas que esperan asaltarnos en cualquier momento de debilidad mental.
Aquellas navidades abrieron una ventana de credulidad en mi escepticismo cuando pregunté a mi hija qué tipo de regalo le gustaría que yo le hiciese a su hijo, mi nieto Luis, enfermo de un extraño mal y desahuciado por los médicos desde hacía dos años; un mal que le iba consumiendo lentamente y apagando una a una las velas de sus siete añitos. Mi hija me suplicó que el mejor regalo para el niño sería poder llevar al doctor a casa para que diera su diagnóstico sobre la enfermedad de Luisito. La desanimé diciéndole que el susodicho doctor era en realidad un curandero semianalfabeto que estaba encerrado en el centro penitenciario desde hacía más de cuatro lustros.
En realidad yo luchaba por no mostrar mi lado banal a pesar de respetar en cierto modo al doctor desde aquel día que me alivió un espantoso dolor de muelas.
Tuve que hacer uso de todas mis influencias como director de la cárcel para obtener una autorización del delegado del gobierno para conseguir un permiso temporal de excarcelación de seis horas para el curandero.
Llegamos a casa de mi hija a las diez de la mañana. El doctor vestía un ajado traje de pana gris; era un hombre de casi de mi misma edad, algo más bajo que yo pero con un rostro tremendamente sereno, bondadoso, que irradiaba paz.
El celador que lo escoltaba se quedó al otro lado de la puerta del dormitorio. Mi hija y yo nos situamos a los pies de la cama. El doctor miró al niño y luego paseó sus ojos por la habitación, se agachó y palpó el suelo con las palmas de sus manos; se levantó y tocó las cuatro paredes. Volvió junto al lecho y se quedó fijamente mirando al niño enfermo. Dio unos pasos hasta acercarse a mi hija y le susurró que aquella habitación emitía mucha energía negativa, que sacara al niño al salón. Seguimos sus consejos y tendimos a mi nieto sobre un sofá y lo cubrimos con una ligera manta. Entonces el doctor puso su mano derecha sobre la frente del niño y la mano izquierda sobre su propia frente al mismo tiempo que miraba intensamente a Luisito que en ese momento abrió sus párpados y le sonrió tristemente.
El doctor se separó del niño y nos dijo que ya estaba sanado, que dentro de unos días notaríamos una sensible mejoría.
Nunca supe lo que hizo el doctor aquel día. Ahora, un año después de la sesión mi nieto se encuentra totalmente restablecido, asiste al colegio y juega con sus amigos.
Mañana será navidad y los internos de la cárcel tendrán su propia fiesta, pero ¿que podría yo regalarle al doctor?
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