miércoles, 7 de septiembre de 2016

Ilegales

Ilegales

La noche era espléndida, el mar estaba en calma y semejaba el espejo de un lago helado de Noruega. Ocho personas a borde de una pequeña embarcación abandonaban la playa de Marbella con destino a Africa, la tierra prometida. Eran tres españoles, dos franceses, un belga y dos suecos. 
La ilegalidad del viaje y el peligro de la travesía era el precio a pagar para huir del infortunio y de la violencia de sus respectivos países. Toda Europa se encontraba en un estado de anarquía y de degradación. Los ciudadanos que podían huían de unos gobiernos que obligaban a sus súbitos a no pensar, a no razonar y a tener que simular una felicidad ficticia.
La frágil embarcación navegaba desde la costa española a Marruecos a través de un mar sucio, era una cloaca donde los restos de tiempos mejores flotaban, bolsas vacías de plástico, tetrabick insumergibles, botellas de plásticos y latas de bebidas, todos formaban una flotilla repulsiva. 
-¡Marruecos! - exclamó con alegría uno de los refugiados, un sueco con cara de panocha. Allí estaba la tierra de promisión. Adiós al frío nórdico y al continuo errar de una ciudad a otra buscando comida: adiós a esa represión mental de esos gobiernos miembros de la Unión de Corrupciones Generalizadas o U.C.G.
Todavía era noche cerrada cuando desembarcaron en la playa. Los ocho ilegales cruzaron la arena y se refugiaron bajo una choza esperando al enlace que en una furgoneta los trasladarían a Oujda.
En esta ciudad todos se presentaron a las autoridades. Ellos sabían que pisando tierra en Marruecos ya no serían devueltos a ningún país de la U.C.G. 
Una vez que le hicieron un documento de refugiado fueron internados en un centro de acogida. El lugar era un bello edificio de mármol blanco con aire acondicionado, música ambiental suave y un servicio gratis de restaurante de cocina europea. Un funcionario acompañó a estos refugiados a la oficina de empleo del centro de la ciudad. Otro empleado, educado y atento, que hablaba español, francés e inglés, les invitó a que se sentara mientras consultaba en el ordenador. Hizo un alto, se levantó y sonriendo amablemente se dirigió a los asustados inmigrantes para decirles que tenían suerte, que les había encontrado trabajo para cada uno de ellos.

Marruecos absorbía las continuas oleadas de inmigrantes que desde toda Europa pretendía buscar paz y trabajo en el próspero Continente Africano. Era un país de paso y las autoridades se encontraban desbordadas por esta avalancha de desheredados que huían más del hambre que de otra cosa. Gentes procedentes de países paupérrimos tales como Alemania, Francia, Suiza, Reino Unido, Bélgica, Escandinavia, Liechtenstein y Luxemburgo se jugaban la vida en la travesía del Estrecho para alcanzar un lugar donde vivir.

Africa era el paraíso deseado por todos, el Shangri-La soñado por los europeos que gastaban sus ahorros pagando a las mafias para que los llevaran de contrabando al Magreb. A veces tenían suerte como el caso de estos ocho personajes sin papeles y consiguieron sus objetivos: los tres españoles se instalaron en Meknés trabajando en una multinacional. El matrimonio sueco obtuvo una autorización para viajar y vivir en la rica y exuberante Etiopía. Allí todo era lujo y vida fácil aunque lo etíopes eran un poco racistas y evitaban el roce con esos extranjeros tan feos que eran altos, rubios y de ojos azules. Los etíopes eran  racistas, pero muy civilizados, solo les negaban el saludo. Los dos franceses llegaron al Chad y emprendieron una nueva vida en unas condiciones asombrosas, inmejorables. El inmigrante belga marchó a Nigeria para trabajar en el teatro nacional.

Mientras, en lo que antes era Europa, ahora conocido por las siglas U.C.G. seguía sumida en un caos permanente. 
Cuando uno de los nuevos ciudadanos europeos asentados en Africa consultó una mañana las noticias a través de Internet leyó: "Suiza. Bandas incontroladas de salvajes armados con palos y piedras procedentes del Cantón del Jura masacran una caravana de viajeros procedente del Cantón de Zug"
"Francia. Una terrible epidemia conocida como A.V.T. asola a la mayoría de la población del País del Loira. Se supone que este terrible virus se originó en esta región debido a una promiscuidad sexual entre personas y animales domésticos."
"España. Una extraña mutuación aparece en una de sus Comunidades Autonómicas debido a un exceso de endogamia en su población que obliga a las personas que solo puedan andar de lado y hablen intercalando tremendos eructos"

El ex-inmigrante ilegal que estaba leyendo estas noticias apagó el ordenador e hizo un lento traveling con sus ojos. Miró a sus doce hijos que jugaban con sus tres madres, las tres esposas del neociudadano y se dijo mientras se arrascaba, sin necesidad, el lóbulo de la oreja derecha: "Menos mal que valió la pena emigrar a este fabuloso y próspero país africano" 

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